viernes, 13 de agosto de 2010
Los que Dios te mande
Hace poco más de una semana mi papá me regaló un librito. No era de poesía, ni de cuento, tampoco una novela. Si hubiera querido complacerme pudo obsequiarme alguno de los textos emblemáticos del Budismo o una bella edición de arquitectura, pero se trataba nada más y nada menos que de una selección de intitulada: Nombres para el bebé. El acto, que en otro momento me hubiera parecido inconcebible, no me sorprendió. A pesar de que mi padre fue el más reacio de los tres abuelos de mi niño en convertirse en la imagen de un adulto mayor al que un mocoso hace como quiere, la verdad es que no puede disimular que a él también se le cae la baba con su nieto. Y mi adorado y por demás directo progenitor sólo hizo evidente lo que todo el mundo está esperando, porque supuestamente es lo sigue: un hermanito para Quim. (Y no me hubiera sorprendido que el compilado se compusiese exclusivamente de nombres para niña, que es la segunda ansiosa expectativa de todos los miembros de ambas familias).
No puedo culpar a ninguna de las cientos de personas (incluidos familiares, amigos, amigos de los familiares, amigos de los amigos, vecinos, maestras, conocidos y desconocidos) que nos han hecho la indiscreta pregunta "¿Y el otro, para cuándo?". Mi hijo ya está bastante cerca de los 3 años, y la mayoría de los niños a su edad ya tienen un hermanito. Todo el mundo dice que lo mejor es tener uno tras otro, respetando apenas el periodo de lactancia del primero, pero yo no sé cómo lo logran. Nosotros (en este caso excepcional me atrevo a hablar por mi marido también), por múltiples razones, hasta ahora consideramos que ya es tiempo de pensar en el siguiente bebé. Y en cuanto la gente adivina nuestras intenciones, aparecen otra vez las miles de preguntas: ¿y por qué otro? ¿para cuándo? ¿sería el último o quieren otro más? ¿otra vez se esperarían tanto? ¿y si tienen otro niño, no se animan a buscar a la niña? ______ (llena el espacio con la pregunta que quiera, seguramente ha sido formulada o será hecha en el futuro).
Para mí la situación que se propicia cuando uno habla de tener hijos es tan absurda como la infinidad de investigaciones que se realizan al respecto, algunas de las cuales estuve leyendo en línea. Existen aquellas que quieren encontrar una relación proporcional de la cantidad de hijos que una pesona o pareja tiene con los niveles de felicidad a la que puede aspirar la misma; las que infieren que, después de que tienes uno, más te vale tener todos los que se te antojen porque entre más, mejor (y también porque, de todos modos, habiendo tenido uno ya te cambió la vida); los que aseguran que tener hijos no te hará más feliz, sino todo lo contrario; los que hablan de lo poco eco friendly que es tener uno o más niños; los que advierten los terribles riesgos del síndrome del hijo único; los que niegan la existencia del mismo; etc., etc., etc. ad nauseam. La verdad es que todo esto me parecen patrañas, y si hay algo cierto que se puede concluir de todo lo anterior es que pensar en tanto factor sólo refleja nuestro egocentrismo: creemos que podemos controlar todas las situaciones, inclusive la de la procreación, cuando no hay algo más azaroso y divino (en toda la extensión de la palabra) que la concepción de un bebé. Sí, claro, hay quienes lo logran y tienen los que quieren, cuando los quieren y hasta del sexo que los querían. Sin embargo también existen millones de historias de los que no querían hijos y tienen uno o varios; de los que querían al menos uno y no pudieron; de los que querían, no podían, adoptaron y luego lograron embarazarse; de los que querían cinco y sólo pudieron tener uno; de los que sólo querían dos y tuvieron cinco; de los que querían tres y después del segundo decidieron "cerrar definitivamente la fábrica"; de los que no sabían ni lo que querían y tuvieron uno por casualidad en edades que ya no se suponen propicias para la reproducción; de los que después de que obtuvieron la parejita con la que soñaban, se intervinieron quirúrgicamente y de todos modos recibieron la visita de la cigüeña tiempo después; y así, agreguen la combinación de factores que más les guste o la historia más peculiar que conozcan. La realidad es que uno puede planear todo lo que quiera, pero al final no hay nada más cierto que se tienen los que Dios (o el destino, o como quieran llamarle) nos manda. Y querer hacer responsables a nuestros hijos (nacidos o potenciales) de nuestra plenitud o desgracia, de cargos de conciencia varios, de preocupaciones económicas o sociales o de la destrucción del planeta, es por demás absurdo y poco zen (siendo el Zen por antonomasia la tradición budista de la intuición y la espontaneidad). Uno tiene hijos cuando le toca y porque quiere y/o puede y ya, ¿no les parece lo único que se puede deducir después de todo lo anterior? Así que al final el regalo de mi padre (que tuvo seis hijos y a sus 77 años tiene un solo nieto) puede llegar a ser útil pronto, en varios años más, en una o varias ocasiones, o podría quedarse eternamente guardado en un cajón, pero eso no lo podemos saber ni planear. De todos modos se lo agradezco mucho porque si llego a tener otro varón, vaya que lo voy a necesitar.
jueves, 5 de agosto de 2010
Yo quería un Mini Cooper
Me gusta pensar que mi vehículo es un Jeep y no una camioneta de señora, pero la verdad es que tiene más de mamá van que de furgón para emprender una aventura todoterreno. En apariencia es bastante relajada, vaya, no es una de estas de tres hileras para nueve pasajeros; pero todo es asomarse un poquito para darse cuenta que esas cuatro ruedas transportan a una madre de familia y todo lo que la misma lleva a cuestas.
Yo no quería una SUV, yo soñaba con uno de esos coches que son tan chiquitos que llevan el adjetivo en el nombre. Uno de esos automóviles que hacen ver joven a cualquiera que lo conduzca. Desde que supe de la existencia de esas monadas me puse como meta poseer uno algún día, y estuve a punto de adquirirlo, pues en ese entonces yo aún no tenía a mi hijo. Lo que me hizo reconsiderar la compra fue el hecho de que, para llegar y regresar de la oficina, debía tomar escabrosas rutas que se tornan aún más ásperas en la temporada de lluvias. En el peor de los escenarios (mi integridad física aparte), mi carro miniatura ultradiseñado se vería muy poco cool arrastrado camino abajo por la corriente o enclavado en un bache.
Fue entonces que mi vista saltó al otro extremo de las escala de coches, y acabé comprando una camioneta. Ahora me alegro muchísimo de haber tomado esa decisión, pues a los pocos meses estaba embarazada y no sé en dónde hubiera metido la carriola, la silla del bebé, mi bolsa, la pañalera, las bolsas del súper y eventualmente a uno que otro pasajero. Y luego mi marido me pregunta que por qué en el piso de mi coche se pueden encontrar todo tipo de objetos, que van desde un caramelo chupado y derretido por el sol, hasta cáscaras de pistache, envolturas de lo que sea y papelitos varios. Es en verdad de no creerse que alguien que, como yo, padece la obsesión de andar limpiando y levantando todo a su paso, sea la dueña de una camioneta de vestiduras pringosas. Sin embargo, la explicación es muy sencilla: no me da tiempo de llevarlo a lavar y aspirar cada tercer día y mi coche es el auto "familiar', el que se usa para todo, al que se sube todo el mundo, en pocas palabras, el de batalla. Además, en este momento mi prioridad ya no es manejar un objeto de deseo. Ya me resigné a que tendré un minúsculo deportivo cuando mi(s) hijo(s) ya no necesiten ni sillas ni carriolas. Por lo pronto ahí está el coche de mi esposo, en el que siempre podemos contar para sentirnos otra vez jóvenes, solteros y compactos.
Fue entonces que mi vista saltó al otro extremo de las escala de coches, y acabé comprando una camioneta. Ahora me alegro muchísimo de haber tomado esa decisión, pues a los pocos meses estaba embarazada y no sé en dónde hubiera metido la carriola, la silla del bebé, mi bolsa, la pañalera, las bolsas del súper y eventualmente a uno que otro pasajero. Y luego mi marido me pregunta que por qué en el piso de mi coche se pueden encontrar todo tipo de objetos, que van desde un caramelo chupado y derretido por el sol, hasta cáscaras de pistache, envolturas de lo que sea y papelitos varios. Es en verdad de no creerse que alguien que, como yo, padece la obsesión de andar limpiando y levantando todo a su paso, sea la dueña de una camioneta de vestiduras pringosas. Sin embargo, la explicación es muy sencilla: no me da tiempo de llevarlo a lavar y aspirar cada tercer día y mi coche es el auto "familiar', el que se usa para todo, al que se sube todo el mundo, en pocas palabras, el de batalla. Además, en este momento mi prioridad ya no es manejar un objeto de deseo. Ya me resigné a que tendré un minúsculo deportivo cuando mi(s) hijo(s) ya no necesiten ni sillas ni carriolas. Por lo pronto ahí está el coche de mi esposo, en el que siempre podemos contar para sentirnos otra vez jóvenes, solteros y compactos.
martes, 3 de agosto de 2010
Mamá (y papá) Van
Aperitivo antes del plato fuerte del viernes: el post que hablará sobre mi camioneta de mamá.
miércoles, 28 de julio de 2010
El que no tenga memoria, que se haga una de papel.
Nunca me he valido de una agenda para seguirle la pista al transcurrir de la vida. Jamás he rellenado los apartados alfabéticos con los datos de mis conocidos, y es raro que me tome la molestia de apuntar una cita o un pendiente. Si llego a hacerlo, no acudiré o resolveré el asunto en cuestión por haberlo visto escrito en una página, porque no tengo el hábito de revisar una libreta. Siempre he confiado en mi memoria, ese sistema mental que hace relaciones numéricas y encuentra referencias que sólo tienen sentido para mi cabecita loca, ese tía regañona que sirve como una especie de alarma de despertador que recuerda eventos importantes. Ese cascabelito que siempre había evitado que me olvidara de cumpleaños, fechas de pago y, antes de que dependiéramos de las agendas de los celulares y de la opción de discado automático, también de los números telefónicos de cualquier persona a la que le tuviera que marcar más de una vez.
Me gustaba pensar que aprendía las cosas tal cual reza la expresión en inglés by heart, es decir, que retenía la información no con la cerebro, sino con el corazón. Para que lo anterior no se entienda como cursilería, lo que quiero implicar es que recordaba asuntos por gusto y no por obligación.
Estoy refiriéndome a tal cualidad en tiempo pasado pues los últimos días he sentido que estoy perdiendo esa facultad. Con esto de que "ahora soy mi propia empresa", que vivo en una casa de la que soy la principal responsable, y que cuido de otra existencia (pequeñita en dimensiones pero enorme en significación), estoy empezando a pensar que es hora de cargar con un cuadernito para anotar todo lo que no debo pasar por alto. (Y sí, quiero papel y tinta. Mi móbil tiene una aplicación para cualquier menester de este tipo, pero por alguna razón, ni la lista del súper me gusta elaborar ahí.)
Atribuyo mi incipiente pérdida de memoria no sólo a mis múltiples ocupaciones. Quiero creer que es también porque estoy estoy iniciándome en el ejercicio de utilizar mi capacidad craneana para almacenar sensaciones y no datos.
Estaba dándole vueltas a mi teoría cuando me topé con esta nota, que no sólo habla de la ventaja de documentar la vida para fines prácticos sino también como referencia biográfica. Resulta que escribir las cosas es muy recomendable y, como apunta de manera metafórica, ayuda a aliviar nuestra "memoria RAM" y así bajan nuestros niveles de estrés.
La vida es aquí y ahora, y si transitando por ella voy a cargar con algo, prefiero que sean experiencias, imágenes y nociones, no datos y números. Que esos últimos se queden en el papel para cuando los neesite, que yo prefiero andar más livianita por ahí.
lunes, 12 de julio de 2010
Como relojito.
A unos cuantos meses de haberse convertido en madre y ama de casa, una amiga que fuera directora de arte de dos de las más prestigiadas revistas femeninas en México, me dijo que un cierre editorial se podía considerar una tarea simple comparada con el acto de llenar una pañalera. Por supuesto que no le creí y pensé que era una exagerada, pero le dí por su lado para que no se sintiera incomprendida (ya bastante mal la estaba pasando la pobre con el proceso de adaptación). Bueno, pues ahora no sólo le creo, sino que he comprobado en cuerpo y alma su teoría. No es porque nunca haya logrado salir sin olvidar echar algo a la pañalera, es sobretodo porque no logro desentrañar el orden que debe llevar una jefa de hogar. Ya sé, ya sé. Me lo han dicho infinidad de veces. Para que todo esto sea más fácil lo único que tengo que hacer es organizarme. Lo que sí necesito es que alguien me diga cómo se hace eso, pues llevo más de año y medio intentándolo y todavía no he descifrado el sistema. Yo solía llevarle el pulso a un equipo laboral, mes con mes triunfaba en la faena que representa que todos los colaboradores externos entreguen su trabajo puntualmente, veía porque se cumplieran a rajatabla con los calendarios, era rarísima la vez que mi equipo y yo dejábamos la oficina después de la hora de salida, nunca me pasé ni un peso del presupuesto establecido y no es por alardear, pero en más de una ocasión ganamos premios en nuestro ramo... En resumen, el proyecto profesional que tenía a mi cargo marchaba "como relojito". Sólo que eso era pan comido comparado a lo que tengo que calcular ahora: precios fluctuantes de los alimentos, altas sumas injustificadas en los recibos de los servicios, ausencias imprevistas del personal doméstico, incumplimentos por parte de cualquier prestador de servicios, solicitudes repentinas para las actividades de la escuela del niño, no poder mandar al querubín a clases por algún síntoma sospechoso, encargos laborales de hoy-para-mañana, y demás eventualidades que en verdad encuentro dificilísimo (como decía Silvia Pinal en la película El inocente) controlar.
Me he acercado a las expertas, he consultado bibliografía, en resumen, he realizado investigación en general. Les voy a ahorrar berrinches y les voy confiar lo que he descubierto: Nadie parece tener un plan que comprenda más de 24 horas, y el mismo se tiene que hacer a las 6,30 (a más tardar 7) a.m. del mismo día. Ponerse metas a cumplir en rangos de 15 a 20 minutos también me funciona, pero estén advertidas: ni siquiera así hay la garantía de que todo saldrá como esperaban. Algunos aspectos (como citas con el doctor o hacer una visita social) se pueden manejar en términos semanales, y sólo las vacaciones se pueden preveer de 1 a 3 veces al año (si se tiene suerte). Pero no más. Y entonces me doy cuenta. Claro, así es. Estar en casa es tan impredecible como la vida misma. Esto no es una revista.
miércoles, 7 de julio de 2010
Soy un cliché
Todas nos sentimos únicas y en cierto sentido lo somos, pero no hay que creérsela. Así que empezaré por poner el ejemplo y lo admitiré de una vez por todas: soy un cliché. Si se asoman a mi bolsa encontrarán una lista del súper, un carrito de mi niño, tickets de compras y un estuche "de cosméticos" cuyo contenido se ha reducido a un espejito, una lima y un bálsamo para labios. Nunca sé en dónde dejé mi cartera. Voy al mercado, compro flores para mi casa. Comento el precio del jitomate bola con quien se deje. Me emociono cuando me topo con un accesorio de cocina lindo, o con esa espátula que tanta falta me hacía y que no había encontrado en ningún lado. Siento ganas de llorar cuando no me sale el arroz. Me encanta la ropa, los zapatos, los lentes y las bolsas. Hace mucho que no me hago un corte de pelo atrevido porque ni tiempo tengo para peinármelo. Tengo un hijo y quiero otro (y quién sabe, quizás otro más). Tuve una carrera ascendente y ahora "freelanceo" exclusivamente dentro del horario y calendario escolar (o por las noches). Cuando no estoy saturada de pendientes, hago galletas para amenizar una tarde. Leo apenas un par de páginas del libro en turno antes de quedarme dormida. ¿Podría ser más común? Y lo más aterrador de todo es que -detalles más, detalles menos-, mi historia es la misma que la de mi madre y que la de mi abuela, y que la de mi bisabuela ... eso no sólo anula cualquier atisbo de originalidad con el que pude soñar, sino que me convierte en un lugar común histórico. Así me ven muchos y lo mismo aplica para ustedes, señoras. Algún día nuestras hijas e hijos nos considerarán un grano de arena más de ese desierto que forma la idea de las amas de casa, como una figura aburridísima y triste, deprimida y abnedgada, pero eso no importa. Sólo nosotras podemos saber lo disfrutable y magnífico que es ser parte de este cliché.
martes, 6 de julio de 2010
"Señito"
La vida me ha dado indicios de que no me tengo que preocupar más por cómo se dirige a mí la gente. Pareciera que "Señora" o "señorita" no se aplica a alguien con mi descripción o características y que nada me define mejor que "Señito". Con lo que me molestan los diminutivos. En verdad, a muchas las hará sentir mayores y se indignarán como si las hubieran insultado, pero yo prefiero que me digan Señora. El "señito" lo entendí como queriendo hacer alusión a que soy una madre y ama de casa joven, pero resulta que no necesariamente lo pronunciaron con esa intención. Qué dilema. Como si una no tuviera ya bastantes problemas de identidad.
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