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martes, 6 de julio de 2010

"Señito"


La vida me ha dado indicios de que no me tengo que preocupar más por cómo se dirige a mí la gente. Pareciera que "Señora" o "señorita" no se aplica a alguien con mi descripción o características y que nada me define mejor que "Señito". Con lo que me molestan los diminutivos. En verdad, a muchas las hará sentir mayores y se indignarán como si las hubieran insultado, pero yo prefiero que me digan Señora. El "señito" lo entendí como queriendo hacer alusión a que soy una madre y ama de casa joven, pero resulta que no necesariamente lo pronunciaron con esa intención. Qué dilema. Como si una no tuviera ya bastantes problemas de identidad.

viernes, 2 de julio de 2010

Enfermedad congénita degenerativa


Sufro de una espantosa condición y me temo que es irreversible. Estoy desarrollando ese mal exclusivamente femenino que padecen algunas desde muy jóvenes, aunque también puede presentarse en la edad adulta. Nunca antes había presentado síntomas: me ha venido a partir de esta metamorfosis en la cual llevo ya casi año y medio. He pasado a ser parte del clan de mujeres que no pueden dejar de limpiar. Y no hablo de lavar trastes, ni de trapear (Dios me libre de que algún día me pase eso), sino que no puedo parar de intentar poner orden.
Si estoy en mi casa, parece que me prendieron un radar para detectar objetos que están fuera de su lugar. Recojo trastes, mamilas, juguetes, clasifico papeles. Acomodo las cosas de un cajón o reorganizo la alacena. Regreso todo "a donde va", porque de otra manera cuando se necesite no lo encontraré (y si yo no lo ubico, nadie más en esta casa será capaz de hacerlo). Además porque si no lo hiciera así, (léase con voz de mamá sufrida) ¡esta casa sería un chiquero!, en donde nadie encontraría donde posar su vaso o plantar su pie para dar paso. Hasta aquí sonaría una obsesión que si no lo ven con ojos de psicoanalista, puede ser bastante razonable: al ser mi hogar también mi lugar de trabajo, necesito extremar precauciones. Porque si en los escasos (¿qué serían, 5?) metros cuadrados de los que disponía en la oficina donde solía trabajar nunca encontraba nada, imagínense en la inmensidad de mi casa. Lo terrible es que he llevado esta conducta al extremo de una molesta enfermedad: me he descubierto poniendo orden en lugares como restaurantes, hoteles o casas ajenas. ¿Ya saben? Ya soy como esas señoras que atosigan, que no dejan a nadie estar en paz en una reunión porque están levantando los trastes antes de que uno acabe de comer. Que alguien me detenga. Lo digo en serio. No quiero llegar a ser como esas tías o mamás que tienden la cama en el hotel. De alguna manera ya formo parte ese grupo al levantar las migajas que tira mi niño por donde va pasando. ¿Qué sigue? ¿Una aspiradora cuca que combine con mi outfit para cargarla a donde vaya? Y luego una acaba prefiriendo electrodomésticos por sobre bolsos o zapatos, qué horror.

viernes, 21 de mayo de 2010

El eterno mañana




Los refranes me divierten mucho pero, así como reconozco su ingenio y sabiduría, hay algunos que me resultan pedantes. Vaya, hablo de esos que suenan como a regaño de abuelita, a ese resabido "te lo dije".
"No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy" sería entonces el que marca el patrón de los dichos que resuenan en mi cabeza toda la vida, pero que pocas veces pongo en práctica.
Cuando se me descompone definitivamente el elevador de la ventanilla del coche para no poderla subir más en plena época de lluvias, es que recuerdo por cuántos meses dije que iba "mañana" a arreglarlo. O cuando pude haber hecho un pago por internet antes de la fecha límite, pero no, porque hay que pagarlo el último día (aunque ya supiera que no iba a tener ni más ni menos dinero al llegar la fecha límite), y el portal del banco se crashea, y tengo que dejar de hacer lo que estoy haciendo para tomar el coche, entrar en un estacionamiento, hacer una cola tremenda, perder un par de horas de mi día... Y así, muchas veces me he dado de topes por no haber aprovechado que un día antes tuve tiempo de hacer algo que después se me complicó terriblemente.
Y sin embargo, me sigue pasando y seguramente así continuaré. Creo que, si mi vida se va a regir por un refrán, me quedo con "No por mucho madrugar amanece más temprano". Como que es menos ñoño, ¿no?

miércoles, 28 de abril de 2010

¡Tengo tarea!


¡No,no, no,no,no,no,no!

¡Tengo que hacer tarea!

Esto tiene que ser un sueño... mejor dicho, ¡una PESADILLA!

Ni cuando estudiaba fui buena para eso de trabajar fuera del aula. En segundo de primaria la maestra mandó llamar a mi madre para decirle que, por alguna rebeldía no descifrada, yo había decidido dejar de entregar el trabajo que dejaba diario a todos los niños del salón, y que era la única que no lo llevaba. Mi madre, apenadísima, no supo qué contestar y la maestra le dijo que no se preocupara, que eso no estaba afectando mi rendimiento académico y que mientras fuera así, estaba dispuesta a hacer una excepción conmigo.

No sé si eso fue bueno o malo, pero a lo largo del bachillerato experimenté muchos sobresaltos al enterarme el mismo día del deadline que tenía que haber hecho un ensayo, trabajo de investigación, experimento, etc. del cual nunca me acordé. Cómo logré aprobar tantas materias sin hacer tareas, aún no lo sé.

El caso es que terminada la carrera supuse que ya nunca tendría que preocuparme por hacer labores escolares en casa. Irónicamente el esquema de trabajar de manera independiente siempre me ha funcionado muy bien, pero ahora resulta que además de preocuparme por seguir mi profesión como freelance, ¡tengo que hacer trabajos para el maternal de mi niño!

Ni modo, y según me dicen mis amigas que tienen hijos o sobrinos más grandes, esto va para largo. Así que más me vale disciplinarme como nunca lo hice antes, apurarme (aún más) a terminar mi trabajo, y ponerme a hacer un storyboard y bosquejos de los dibujos (como si en serio supiera dibujar) que acompañarán a la trama del cuentito que me dejaron de tarea. En esa sí ya estuve trabajando anoche y trata de por qué hay que lavarse los dientes.

Spoiler alert (o dicho en español, les cuento el final de la historia): Si no se lavan los dientes, éstos ya no van a querer vivir en su boca.

miércoles, 14 de abril de 2010

Más bonita que ninguna





No es ningún secreto que el interiorismo y el diseño me apasionan, y que en mis limitadas posibilidades he elegido objetos que me encanta usar y admirar. Lo increíble es que la gente que ha visitado la casa ha elogiado un elemento en particular, y no se trata de un mueble, ni de un accesorio, sino de un electrodoméstico. Así como lo leen, mi batidora ha por demás alabada por encima de cualquier otro componente de este hogar.
No digo que no lo entienda. A los que nos gusta la cocina (expertos o amateurs como yo), sabemos que vale la pena invertir en un buen aparato que tenga múltiples funciones, dure muchos años y, de paso, adorne la cocina. Lo que me parece notable es que un artilugio como éste se haya convertido en el objeto de deseo de las señoras de hoy en día (aunque debo acotar que no fueron exclusivamente mujeres quienes ensalzaron dicho aparato) por encima de muchas otras cosas. ¿No se suponía que a las mujeres nunca se les debía regalar cosas para trabajar en el hogar? Pues yo creo que hoy hablo por la mayoría de nosotras cuando digo que, si se trata de instrumentos de este tipo, nos puede gustar mucho más que una bolsa o un par de botas. ¿O no?

miércoles, 7 de abril de 2010

Cuidado con la seño


Siempre me ha parecido comiquísimo que retraten a las señoras enojadas con un rodillo en la mano. Resultaría más natural que un ama de casa utilizara como arma de intimidación un cucharón o de plano un cuchillo (esos instrumentos se usan con más frecuencia en la cocina), pero por alguna razón se eligió esa herramienta alargada de madera para infundir temor entre los que osen hacer enojar a una desperate housewife.
Bueno, pues hoy quisiera que en alguno de mis cajones hubiera uno de esos bártulos. No que le fuera a dar uso golpeando la cabeza de alguien, tampoco pretendo extender ningún tipo de masa. Vaya, ni siquiera amenazaría a nadie. Solamente sería un experimento para ver qué tanto me hago respetar portando semejante utensilio como accesorio. Y es que si existe un halo de frustración en torno del concepto de ama de casa, es porque son demasiados los pendientes y cosas por resolver dependiendo de gente informal (léase repartidores, electricistas, plomeros y un largo etcétera de prestadores de servicios domésticos).
A nuestra generación súmenle además el tratar de resolver todo eso de manera "profesional". Acostumbradas a ser ordenadas y competentes en nuestras carreras, queremos llegar a aplicar los mismos criterios y procedimientos en la vida hogareña, y ahora me doy cuenta que es algo bastante ingenuo de nuestra parte. Me parece que lo único que nos resta es prevenir por triplicado y tener mucha paciencia. Y por si acaso, de todos modos voy a ir a comprar un rodillo...

lunes, 29 de marzo de 2010

Cosas (o "cositas") de la vida



Cuando era niña, a mitad de la barra de caricaturas de la tarde, aparecían unas cápsulas en donde salía una señora vestida como de pastorcita o algo similar, la cual se hacía llamar Cositas. Su nombre respondía al hecho que en pocos minutos ella realizaba una manualidad que supongo que tenía como finalidad entretener a los niños que decidieran hacerla. No sé si yo ya estaría muy grande para que eso me llamara la atención, o si de verdad presentaban actividades poco atractivas, pero nunca causó en mí nada más que aburrimiento.Aunque se trata de una anécdota poco memorable de la infancia, esta referencia se usa entre nuestra generación. Cuando a alguien ha demostrado tener aptitud para armar, decorar, pintar o ingeniarse de alguna manera un objeto original se le pone el mote de "Cositas" .
Siempre me he considerado más que negada para ese tipo de labores. No sé, hasta ahora me había autoclasificado como poco imaginativa y torpe con las manos, además de malhecha. En un punto de mi carrera editorial, caí en una revista de manualidades. Confieso que tuve que salir voluntariamente de la misma no sólo porque el tema no tenía nada que ver conmigo, sino también por miedo a pidieran mi renuncia pues yo era incapaz de redactar un texto explicando el procedimiento con sólo ver una foto o el objeto. Editar tampoco me resultaba sencillo. Me costaba demasiado trabajo seguir las instrucciones mentalmente sin tener la pieza enfrente para descifrar las mismas.
Pensé que me había librado de ese tipo de dilemas para siempre, pero vaya si la vida está llena de sorpresas. Resulta que ahora en las escuelas piden que las mamás fabriquemos con nuestras propias manos infinidad de monerías para los diversos festivales o celebraciones del año. Este famoso comercial demuestra lo que durante generaciones y generaciones han hecho miles de madres (sin ir más lejos, la mía o mi suegra), pasando noches en vela y traspasando cualquier límite creativo o de habilidad manual que nunca imaginaron superar.
Por mi parte, la experiencia ha sido corta pero reveladora. A la fecha apenas he confeccionado un morralito, decoré una canasta y ahora estoy decorando huevitos de Pascua, pero no dejo de soprenderme de los resultados. ¿Será que algún día alguien se referirá a mí como "Toda una Cositas"?

jueves, 17 de diciembre de 2009

Inconsciencia navideña.



No me refiero a beber y manejar, o a sobregirar las tarjetas de crédito. Me explico: ayer vi a varios de los vecinos apurándose a colgar lucecitas para adornar las fachadas de sus casas. Queda una semana para Navidad y sólo los más organizados las tienen bien decoradas desde hace quince días. Sin embargo, al pasar por cierta zona residencial del sur, noté que ahí son todos unos profesionales, por no asegurar que existe una competencia no oficial. Las residencias retan indirectamente a las de junto y a las de enfrente, como en búsqueda del título de ser la que emite más luz, tiene más muñecos y reproduce más sonidos. En resumen, hay un duelo tácito por ver cuál luce más espectacular. A mí, que hasta la idea de poner un árbol que no sea demasiado cursi me conflictúa, este tipo de manifestaciones me resultan incomprensibles. Creo que está bien vivir el espíritu de la temporada, y cada quién sabrá cómo lo disfruta más, pero esto me parece realmente un despilfarro, de mal gusto y de energía (sin ahondar en lo peligroso que puede ser). Tanto se habla de cuidar el agua, de cuidar los recursos... ¡esto es un derroche excesivo e injustificado de los mismos! Lo bueno es que ya existen alternativas como ésta, e imagino que todo es cuestión de tiempo para que se popularicen... Por lo pronto propongo nombrar al vencedor de la contienda vecinal basados en los montos de sus recibos de luz. ¡Que gane el mejor!

miércoles, 21 de octubre de 2009

¿No tendrá los 3 pesitos?



El siguiente acto nunca ocurrió tal cual. Sin embargo, representa situaciones que se repiten cientos de veces al día en cualquier ciudad.

1 Interior. Supermercado - DÍA

Tras recorrer la fila única del establecimiento en tan pocos minutos que ni siquiera tuvo oportunidad de hojear una de las malas revistas que se encuentran entre los artículos de impulso, es el turno de nuestra protagonista para pagar. El dependiente pasa rápidamente por el escáner los productos a cobrar, y dice en voz alta el resultado cuenta:

CAJERO
- "Son 153 pesos."

Nuestra heroína saca un billete de 200 pesos de su cartera y lo extiende al empleado del supermercado, al tiempo que busca el boleto del estacionamiento para asegurarse que, esta vez, no se olvidará de sellarlo.

CAJERO
- "¿No tendrá los tres pesitos? Así le doy 50."

La consternación se nota el gesto de la mujer.

VOZ MUJER: OFF

-Sí los traigo, pero si se los doy, no me va a dar cambio para el "cerillo", para el "viene-viene" y para el estacionamiento...

MUJER
- "No, no traigo cambio".

El tendero lanza una mirada de sospecha que deja ver que no creyó la mentira de la señora que tiene enfrente, y con disgusto empieza a contar monedas...

CAJERO
- "Ash... ahí tiene, 47 de vuelto..."

¿Por qué nunca nadie tiene cambio? Mientras una se mueve en un ámbito "ejecutivo" (por llamarlo de alguna manera) pareciera que nunca hace falta. En los restaurantes, estacionamientos y hasta gasolineras se puede pagar con tarjeta. La propina se incluye ahí. Una sale y regresa a su casa sin necesidad de "morralla". No obstante, cuando se trata de andar en tienditas, comprando en puestos de mercados sobre ruedas, e inclusive en las grandes cadenas de supermercados, la necesidad de "suelto", se impone.

Recuerdo no entender por qué mi abuela y mi madre tenían monederos. Me parecía un accesorio por demás inútil y además, horrendo. No llegué a mis clásicos extremismos de jurarme a mí misma nunca usarlo, pero definitivamente no me veía cargando uno.

Bueno, pues les presento mi monedero. Está hecho de arillos de lata de refresco reciclados. Me lo regaló una ex-colaboradora que lo trajo de su país (Argentina). Es cool, hermoso y de lo más práctico. Ahora entiendo a mis ancestras... es tan necesario para alguien como yo, que a su uso se le podría aplicar un slogan de tarjeta de crédito: "No salga sin él". Otra vez: Gracias, Muriel.

lunes, 12 de octubre de 2009

El tiempo artificial



A mediados de septiembre me espanté cuando, al descender de las escaleras eléctricas de una tienda departamental, de pronto me vi rodeada de árboles artificiales y adornos navideños. Taché de absurdo el fenómeno y seguí mi camino.
Aún cuando he pasado apuro para conseguir series de luces a mediados de diciembre, todavía no caigo en el juego de correr a adquirirlas tres meses antes de la celebración. Lo que sí tengo que admitir es que hace unos días (para ponernos en contexto, a PRINCIPIOS de octubre), compré un pan de muerto. Me estuve resistiendo un par de semanas pues, desde un mes antes, el delicioso bizcocho me había estado coqueteando desde los estantes de la panadería. A diferencia de la rosca de reyes comercial, el pan de muerto me encanta, así que terminé rindiéndome a la tentación.
Por radical que parezca, me sentí culpable, y no por el hecho de ingerir algo altamente calórico. Traicioné uno de mis ideales: el de no dejar que la mercadotecnia me diga cuándo celebrar una fiesta, o mejor dicho, el de no apurar la vida para caer en una concepción artificial del tiempo. Habiendo trabajado en revistas, ya muchos años viví dos meses adelante del resto de la gente; por lo mismo, entiendo perfectamente las razones estratégicas de las marcas: un press kit de San Valentín que llega a la redacción apenas regresando de las vacaciones de diciembre, ya no sirve para nada.
Sin embargo, no me gusta pensar en la vida como un plan de ventas. Ya bastante angustiante es sentir que no me alcanza el tiempo,ver que los días y las semanas vuelan, y darme cuenta que mi hijo, el cual apenas hace unos meses era un bebé, ya es un niño. Me rehuso a asumir que ya se acabó el año cuando todavía le falta poco menos de una cuarta parte. Quiero ser capaz de disfrutar cada momento y de tener conciencia de en qué época del año estamos. Y para que vean que va en serio, prometo no volver a probar un pan de muerto hasta principios de noviembre.

jueves, 24 de septiembre de 2009

T-r-e-i-n-t-a-y-t-r-e-s



Acabo de celebrar mi cumpleaños 33. Mi hermano mayor, en medio de una mini reunión que hice sólo con los familiares más allegados, me preguntó en un susurro casi inaudible "¿Cumples 33, verdad?". Le respondí en voz alta "Sí, cumplo TREINTA Y TRES", y alcancé a ver su gesto de incredulidad ante tal sinceridad y falta de tapujos.
Existe un estigma alrededor de la edad de las mujeres, como si entre más años hubiéramos vivido, perdiéramos algún tipo de valor. Recuerdo que cuando estaba en la universidad escuché horrorizada al amigo-del-novio-de-una-amiga decir que tener una novia de más de 25 era demodé . En otra ocasión una jefa que tuve me contó que su padre, desde que se divorció de su madre, tenía la costumbre de terminar con todas sus esposas (que han sido más de tres) cuando ellas llegaban a los 27 años.
Hay quien me regaña por decir mi edad. Aseguran que ahora no me molesta que los demás sepan cuántos años tengo, pero que en algún momento sucederá, y que si la gente tiene buena memoria, después me será imposible mentir. Jamás me ha preocupado aparentar ni más ni menos edad. Creo firmemente en el valor de cada etapa de la vida, y no encuentro razón para estar añorando el futuro ni suspirando por el pasado.
Curiosamente en medio de esta reflexión cumpleañera me encontré con esta nota, que marca episodios puntuales de la vida de las mujeres relacionados con los éxitos que han tenido. No sé cuántas féminas hayan utilizado de muestra para su estudio, pero me parece curioso que no me identifico con ninguno de los resultados que arrojó. Yo tuve la "crisis de los 30"a los 28, misma que terminó exactamente el día que cumplí 29. No puedo identificar un momento específico como "la cúspide de mi carrera", y con mis 33 años mis finanzas están peor que nunca en mi vida independiente. ¿Seré una rara? ¿Voy un año desfasada de las demás? ¿Significa eso que mi economía mejorará considerablemente a los 34? ¡Ojalá! Por lo pronto sigo esperando el momento ideal para hacer un festejo en grande, no lo hice a los 30, tampoco a los 33... ¿sucederá a los 35?

miércoles, 19 de agosto de 2009

¿Mamá o profesionista?


Hace poco en Lipstick Jungle (serie televisiva que disfruto mucho), Nico, una de las protagonistas y editora-en-jefe de Bonfire (una prestigiada revista en Nueva York), se presenta con un colega suyo. Él le pregunta sorprendido: "¿Una editora? ¿Le dan esos puestos a las mujeres?" Y ella contesta: "Sí, mientras no cocinemos o tengamos muchos hijos". Parecería un comentario gracioso sin importancia, pero tiene un tremendo trasfondo. Ahí les va otra historia: Una amiga tuvo un bebé a principios de este año. Todo la cuestión de permiso de ausencia se complicó a causa del nacimiento prematuro, y a pesar de que ella había calculado todo para tomarse unos días antes del parto y estar con él hasta que tuviera 3 meses cumplidos, las circunstancias quisieron que se viera obligada a dejarlo a los 42 días para regresar a trabajar. La decisión fue difícil a nivel emocional, pero a nivel práctico la solución era evidente: debía regresar a su oficina o ahí se terminaría su carrera. Ahora es mamá trabajadora, con la ventaja de que su horario laboral termina a las 3 p.m. y tiene la tarde para estar con su bebé. Muchas mujeres lo hacen inclusive saliendo a las 6 o 7, como yo lo hice un año. Sin embargo, son muy pocas las madres que llevan sus carreras hasta las últimas consecuencias, y no por decisión propia. Desgraciadamente el mercado laboral sigue siendo discriminatorio hacia las mujeres,y peor para las que son mamás. A las de nuestro género se nos ve como trabajadoras con complicaciones, y para que no quede en especulación mía, les dejo esta nota que lo confirma. Lo peor es que una vez que una mujer que es madre sale del mundo laboral (por la razón que sea), es muy difícil que se reintegre. En países del primer mundo no sólo dan de 6 meses a dos años de permiso por maternidad (entendiendo la importancia del asunto), sino que además le otorgan todas las facilidades necesarias a una madre trabajadora para que pueda seguir aportando lo mejor de ella tanto a la empresa en la que trabaja, como a su familia. Ni modo. Vivimos en un país que no apoya la necesidad (en el amplio sentido de la palabra) de trabajar de las mujeres, y las orilla a quedarse con una u otra opción. Ahí es donde debe salir a flote nuestra creatividad. Hay muchas maneras de trabajar que no son las tradicionales. Lo importante es no derrotarnos.

lunes, 10 de agosto de 2009

10 cosas que me ponen de malas


Es lunes, buen día para quejarse. Vaya, no es que se requiera mucho para ponerme de mal humor. Como buena mujer, soy temperamental. Pero hay pequeños detalles, mínimas distracciones de mi parte (o descortesías de los demás) que hacen que me amargue el ratito... y es son cosas que considero que con un poquito de buena disposición se podrían evitar y viviríamos en un mundo mejor. Aquí mi lista.

1) Que se me olviden las bolsas de tela del súper. ¡Ah, cómo me molesta este descuido! Es coperar con la contaminación ambiental de manera innecesaria y además son más difíciles de cargar.
2) Que se me haga tarde cuando según yo salí con tiempo. Cuando me pasa me acuerdo que nunca se sale demasiado temprano y que, para mi carácter, es mejor esperar que llegar retrasada.
3) Que la gente sea desconsiderada en la calle. Es decir, cuando se quedan a la mitad de la calle y no pasan ellos ni te dejan cruzar, o cuando no te dan el paso por avanzar unos cuántos metros. O cuando el del coche de atrás toca el claxon cuando le diste el paso a un peatón, o cuando siendo peatón no te dan el paso, o cuando se estacionan en la puerta de tu garage...¡Qué poca cultura cívica!
4) No saber qué ponerme y perder tiempo decidiéndolo. Como que no es la gran ciencia vestirse para el diario, pero hay días que nomás no me gusta nada y puedo pasar un buen rato tratando de decidirlo. Pérdida de tiempo innecesaria.
5) Dejar para mañana lo que pude hacer hoy y que eso me traiga un problema mayor. O puesto en una sola palabra: la desidia. Y cuando se trata de pagos, puede costar los intereses... o que te corten el agua o la luz.
6) Que no me contesten un mail, un sms o un tweet. Hay gente que todavía no le da la importancia que tienen a esos mensajes, yo siempre digo que hacer esto en esta época equivale a voltearle la cara a alguien cuando te habla.
7) Que me pregunten algo y cuando empiezo a responder ya no me pongan atención. Si no les interesa lo que tienes que decir, ¿para qué preguntan?
8) Que se me eche a perder comida del refri. Es bien difícil calcular cuánto va a consumir una familia, pero es mejor ir dos veces a hacer la compra que tener que tirar a la basura alimento.
9) Desperdiciar el tiempo libre. Creo que siempre hay algo interesante que leer, ver o escribir antes que decir "estoy aburrida".
10) El maltrato al cliente. Se nos olvida que pagamos buen dinero al ir a un restaurante o contratar algún servicio y que debemos exigir que nos atiendan como deben.

¿Soy muy quisquillosa o compartes mis manías?

viernes, 24 de julio de 2009

¿¡Qué me pongo?!


Acabo de leer una nota en el periódico que asegura que las mujeres pasamos aproximadamente un año de nuestras vidas decidiendo qué ropa usar. No lo dudo ni un segundo. En mi caso seguramente serían dos. No es que todos los días me atormente tratando de encontrar la combinación perfecta, pero lo que sí tengo detectado es que, si llego a cambiar de opinión aunque sea únicamente acerca de una de las prendas que llevo puesta, el caos se hace inminente. Si no me siento a gusto con lo primero que elegí, es muy probable que pase más de media hora buscando, y aún así no logre encontrar ropa que me haga sentir cómoda ese día. Hay mujeres que eligen una noche antes su atuendo del día siguiente, yo no entiendo cómo lo hacen. ¿Cómo saber si hará frío, calor, si amanecerá lloviendo, qué humor tendrán, en qué tonos se les antojará vestirse? Eso sí, cuando nada más resulta, la ropa negra siempre es la respuesta. Sea blusa negra y jeans, o pantalón negro+ cualquier top, o vestirse toda de negro, recurrir al color del luto siempre es una solución aceptable. Las veces que he intentado hacerme asidua al gimnasio (ja), uno de mis mayores problemas ha sido el tener que decidir ropa llevar en la maleta. Me siento limitada, necesito todo mi guardarropa frente a mí para poder decidir qué usaré durante el día. Por eso también cuando viajo llevo demasiada ropa. Prefiero asegurar suficientes combinaciones a tener que usar un atuendo que no me satisfaga.
En este momento estoy entre tallas, por lo cual el "¿qué me pongo?" es casi cosa de todos los días. Mi "ropa de gorda" ya me queda grande y la "de flaca" todavía no me luce como debería. Entonces ni modo, creo que sufriré un rato más la falta de opciones en mi guardarropa hasta que "merezca" comprar más.

martes, 21 de julio de 2009

La culpa es de las feministas


Desde que salimos de la universidad y empezamos a trabajar, mis amigas y yo, de guasa, hemos comentado en alguna ocasión que para qué se inventó el feminismo, que sólo agregó trabajo y culpas a nuestra ya de por sí "complicada-por-naturaleza" existencia. Que todo era más fácil antes y que qué lindo ocuparse solamente de cocinar, cuidar bebitos, vernos bonitas y tener nuestra vivienda reluciente y llena de flores. Y que el marido nos dé ($$$) para que todo eso sea fácil. Antes de que nos acusen de "Susanitas", he de decir que sé bien que no somos las únicas mujeres modernas a las que les ha pasado por la cabeza que haber nacido en otra época hubiera sido más sencillo, pues me ha llegado más de un mail haciendo un chiste acerca de ello. Bueno, pues resulta que existe quien ha llevado más allá "la broma": navegando en Internet me encontré con este fenómeno. Se llaman Time Warp Wives y se trata de un movimiento de amas de casa (y sus maridos) que defienden la (muy) antigüa estructura familiar. Así, ellos asumen al 100% el rol de hombres protectores-proveedores, y ellas el de organizadoras del hogar y responsables de la crianza y educación de los niños en el mismo porcentaje. Estas parejas inclusive decoraron sus residencias al estilo americano de hace más de 50 años, para de esta manera hacerle un homenaje completo a la vida familiar que imperaba en las primeras décadas del siglo XX. Por inquietante y retrógrado que parezca, estas personas tienen un punto. Las dinámicas de pareja se han vuelto terriblemente complicadas, y por supuesto que antes todo era más sencillo: con roles bien determinados y mucha abnegación de ambas partes. Nos hemos perdido tratando de adaptarnos a los cambios naturales del mundo pero, al menos a mi parecer, esto no justifica que una mujer no sea capaz ni de cargar gasolina en su auto porque eso no es femenino (y así lo plantea dicha corriente). Qué postura tan inocente el querer regresar el tiempo y vivir en una burbuja cuando el mundo exterior ya no es aquel por el que suspiramos. Qué absurdo el esperar que una sola parte de la pareja cargue con un tipo de carga (sea económica o del hogar). Qué denigrante que una responsabilidad de tu existencia como mujer sea lucir espectacular en todo momento. De cualquier forma y como toda ocurrencia extravagante, divierte muchísimo y tiene una estética digna de pasar un rato revisando su sitio.

lunes, 20 de julio de 2009

Al que madruga...


Le rinde más el tiempo y le va mejor en la vida. Podría sonar a contradicción, pues el sueño se asocia con los grandes placeres de la vida, pero es cierto: la gente que se levanta cuando sale el sol tiene una vida más plena. ¿Por qué? La respuesta es simple: porque dichas personas (dentro de las cuales todavía no me incluyo) completan más proyectos personales, andan con menos prisas y stress y, aunque no lo crean, descansan más y mejor durmiendo menos horas. Salir de la cama al amanecer es toda una estrategia de éxito.
Hace varios días que intento aplicarla a mi vida. Confieso con pesar que no lo he logrado y me parece básico para mi "nuevo" esquema de vida que incluye el ser mamá-freelancera-jefa de hogar. Nunca he sido de quedarme acostada hasta tarde, pero tampoco suelo dejar el lecho demasiado temprano si no tengo que ir a algún lado a primera hora. El problema es que, como "no tengo prisa", el sueño empieza a comerse mi día, despierta mi hijo, tardo más en completar mis entregas y en hacer las labores de la casa, cuando salgo me toca más tráfico, más gente por todos lados, y al final del día estoy más cansada. Espero que mañana sea el día, que a las 6,30 am que suene mi despertador, logre saltar directo a la regadera.

sábado, 11 de julio de 2009

Fotos y recuerdos


La difunta reina del Tex Mex, Selena, tenía una canción que se llamaba así. Hablaba de los "souvenirs" que le había dejado una relación amorosa fallida. Independientemente de la referencia musical, lo que es innegable es que las fotografías tienen una carga sentimental bárbara. Alguna vez alguien me dijo que no importa en dónde vivas, que tu casa es en donde estén las fotografías de toda tu vida. Me pareció una aseveración reveladoramente veradera. Lo que no me explico es por qué, si realmente son tan importantes para nosotros:
1) Desde que se inventó la cámara digital, nunca las imprimimos y
2) De toda la vida, es rara la persona que se da el tiempo de acomodarlas en álbums.
Ok, yo sé que hay muchas mujeres que inclusive hacen scrapbooks (práctica que me parece fascinante y absolutamente inadecuada para mi forma de ser), pero la mayoría de la gente tiene sus fotos en cajas. En mi caso, si he llegado a imprimir las más de MIL ( sin exagaración) fotografías de mi hijo (primer nieto de las dos familias), es gracias a que estos ejemplares enmarcados han resultado los mejores regalos para sus abuelos. No obstante las imágenes de muchos viajes, cumpleaños y demás eventos de los últimos cinco años siguen existiendo solamente en el disco duro de mi computadora. Me aterra pensar que un día desaparezcan sin dejar rastro, así que me tengo que apurar a imprimirlas (por lo menos las más importantes). Creo firmemente que no hay mejor herencia sentimental que una buena cantidad de evidencias visuales de lo que fue nuestra vida. Así que a trabajar en el mini legado...

¿Qué me pongo?



Acabo de leer una nota en el periódico que asegura que las mujeres pasamos aproximadamente un año de nuestras vidas decidiendo qué ropa usar. No lo dudo ni un segundo. En mi caso seguramente serían dos. No es que todos los días me atormente tratando de encontrar la combinación perfecta, pero lo que sí tengo detectado es que, si llego a cambiar de opinión aunque sea de solamente una de las prendas que llevo puesta, el caos se hace inminente. Si no me siento a gusto con lo primero que elegí, es muy probable que pase más de media hora buscando, y aún así no logre encontrar ropa que me haga sentir cómoda ese día. Hay mujeres que eligen una noche antes su atuendo del día siguiente, yo no entiendo cómo lo hacen. ¿Cómo saber si hará frío, calor, si amanecerá lloviendo, qué humor tendrán, en qué tonos se les antojará vestirse? Eso sí, cuando nada más resulta, la ropa negra siempre es la respuesta. Sea blusa negra y jeans, o pantalón negro+ cualquier top, o vestirse toda de negro, recurrir al color del luto siempre es una solución aceptable.
Las veces que he intentado hacerme asidua al gimnasio (ja), uno de mis mayores problemas ha sido el tener que decidir ropa llevar en la maleta. Me siento limitada, pues necesito todo mi guardarropa frente a mí para poder decidir qué usaré durante el día. Por eso también cuando viajo llevo demasiada ropa. Prefiero asegurar suficientes combinaciones a tener que usar un atuendo que siento que no me va.
Ahora estoy entre tallas, entonces mi "ropa de gorda" me queda grande y la "de flaca" todavía no me queda bien. Entonces me encuentro en el peor de los escenarios en este tema. Ni modo, seré una fachosa hasta que merezca comprar más ropa...

lunes, 6 de julio de 2009

¿Ocupación?


Últimamente, por distintas razones, he tendido que contestar esa pregunta. Desde que resolvía exámenes de química en la secundaria, nunca se me había dificultado tanto responder algo para obtener la reacción indicada. No sé qué es peor, si tratar de explicarlo en persona o cuando lleno una forma. En el momento que menciono que trabajo en casa, la gente asume que no hago nada. O que soy simplemente una ama de casa. ¡Caray! No me sorprende que el término políticamente correcto sea "jefa de hogar", pues está tan devaluado el concepto, que de alguna manera había que darle crédito. Sin embargo, a lo que me refiero no es nada más al trabajo doméstico que realizo en mi casa. Mis ocupaciones profesionales me resultan mucho más complicadas que antes, pues tuve que autodisciplinarme para tener el trabajo listo a tiempo (y he de decir que soy bastante cumplida). Podría inclusive decir que soy más productiva que en la oficina, lugar en el que el café, los compañeros, la hora de comer y las llamadas de teléfono roban mucho tiempo.
Debería existir un término que definiera a las mujeres que están en mi situación. La palabra freelance ni la entiende todo el mundo, ni hace justicia a la realidad. ¿Cómo sería?
Ocupación: mujer multifuncional.
Ocupación: profesionista de amplio espectro.
Ocuapción: comunicóloga con experiencia en varios campos.
No sé, no sé, lo que me queda claro es que habría que hacer algo, ya no quiero seguir titubeando a la hora de ser cuestionada en ese aspecto.

lunes, 22 de junio de 2009

LUNES


Tengo clarísimo que a nadie le simpatiza el lunes. Yo lo desprecio con toda mi alma. Nos quita la ilusión de ser libres que nos da el fin de semana. Nos recuerda que tenemos responsabilidades ineludibles. Hace que regresemos al estrés de la vida cotidiana. Lo curioso es que sé que hay a quien le molesta más el martes que el lunes. Argumentan que el lunes por lo menos tiene fresco el recuerdo de la diversión, del descanso, pero que ya en el segundo día de la semana, ese aroma de libre albedrío está muy lejos hacia atrás y hacia adelante. Yo creo que el martes por lo menos ya llevamos un pequeño tramo recorrido de la tortura que representa la semana laboral. Este tema es un típico caso de "vaso medio lleno o vaso medio vacío". Supongo que entonces los que prefieren el martes son personas que tienden al pesimismo. En cuanto al miércoles, no hay discusión, es el grato recordatorio de que ya vamos a la mitad. El jueves es el nuevo viernes, y de este, ya lo dijo Lucerito, amerita agradecerle a Dios que haya llegado. El sábado es por unanimidad el día preferido de cualquiera, y el domingo, aunque en esencia podría ser un día igual de disfrutable que el sábado, está opacado por la sombra de el implacable lunes. En fin, para casi todo el mundo, el lunes representa el inicio de la semana. Pero resulta que en portugués el lunes se llama "Segunda"... Los días en portugués van como sigue: Segunda, terça, quarta, quinta, sexta, sábado e domingo... ¿Se dan cuenta? ¡No hay "Primera"! ¡Me parece muy inteligente, si no se menciona el inicio de la semana, es casi como si no existiera. O como si se iniciara en domingo, entonces en lugar de estar desperdiciando el último día de descanso en lamentarse que hay que volver a empezar. Crear una ilusión lingüistica de que ya se hubiera iniciado la semana, con el plus de que todavía no hay que ir a trabajar. Creo que de hecho esa es la idea también en la semana litúrgica de la tradición cristiana, lo malo es que se nos olvida. Por eso la palabrita ayuda... De ahora en adelante, para hacerlo más agradable, llamemos Segunda al lunes.