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miércoles, 11 de enero de 2012
El orden del caos
No me da pena admitir que nunca he sido ordenada. Algún tipo de mito dicta que todas las housewives deben serlo, pero tengo la convicción de que con eso se nace, y yo no nací así. Sospecho que es un hábito que en ciertos casos se puede inculcar, pero mi madre no era una control freak (no para eso), aunque sí tenía la habilidad de saber siempre en dónde estaba algo (en una casa habitada por ocho personas).
Hasta antes de ser ama de casa, siempre había tenido todo bajo control: mi ropa y accesorios perfectamente localizados (en alguna época hasta tuve mi guardarropa acomodada por colores), libros y discos clasificados, mi escritorio de la oficina relativamente estructurado, y era eso y poco más lo que debía mantener organizado.
Sin embargo, cuando nació mi primer hijo me empecé a perder entre los objetos, y yo culpaba al espacio el cual, argumentaba, era apenas suficiente para dos personas y que se estaba estirando para albergar a tres (y en donde el recién llegado habiendo traído con él más tiliches que las pertenencias de sus dos padres juntos). Las cosas se instalaban en montoncitos por todos lados y así, ¿quién podía seguirles la pista?
El pretexto de la falta de cajones para mantener nuestras posesiones bien guardaditas y ubicadas se me terminó cuando nos mudamos una casa que, literal, nos queda grande. Y ahora todo se ve muy recogidito, sí, porque (todavía) hay espacio en los clósets, el reto es acordarse en dónde está algo. Además, desde que me volví una persona de movilidad reducida (con el embarazo), tuve menos capacidad física de estar arreglando repisas y ahora, con el pequeño aquí, lo que me falta es tiempo y lo que me sobra son cosas que brotan por doquier de manera caótica.
Creo que es normal. Las pertenencias a las que debo seguirle la pista son ahora de cuatro personas, no sólo de una, y una casa requiere más cachivaches que un escritorio de oficina o que un departamento. ¿O serán puros pretextos y de plano esto de tener todo acomodado no se me da? Porque no importa cuántas veces descombre un cajón, en un tiempo volverá a estar igual, o peor que antes. Ay, cómo temo escuchar de boca de mi marido (o de la mía incluso) un: "¿En dónde estará el --- ?".
Cada que abro una alacena, un clóset, un armario, siento que se me vienen las cosas encima. Además tengo extraviadas algunas prendas y otros artículos de primera necesidad y simplemente no puedo creer que esto suceda. La casa es grande, pero no es para tanto. ¿O serán que se fueron al lugar al que huyen los calcetines?
Esto me ha llevado a hacer lo que se conoce como "decluttering", muy sano para el espacio y para el alma. Es impresionante cuánta cosa guarda uno (a veces hasta basura) en pos de la nostalgia. Papeles, boletitos, latas caducas, ropa vieja que hace siglos no usamos, todo por falta de tiempo para revisar, porque nos recuerdan otra época, o por miedo a necesitarlo más adelante. Así que ahora la consigna será "a la basura sin piedad" y a ver si así logro deshacer esta maraña que me está ganando la batalla.
lunes, 12 de julio de 2010
Como relojito.
A unos cuantos meses de haberse convertido en madre y ama de casa, una amiga que fuera directora de arte de dos de las más prestigiadas revistas femeninas en México, me dijo que un cierre editorial se podía considerar una tarea simple comparada con el acto de llenar una pañalera. Por supuesto que no le creí y pensé que era una exagerada, pero le dí por su lado para que no se sintiera incomprendida (ya bastante mal la estaba pasando la pobre con el proceso de adaptación). Bueno, pues ahora no sólo le creo, sino que he comprobado en cuerpo y alma su teoría. No es porque nunca haya logrado salir sin olvidar echar algo a la pañalera, es sobretodo porque no logro desentrañar el orden que debe llevar una jefa de hogar. Ya sé, ya sé. Me lo han dicho infinidad de veces. Para que todo esto sea más fácil lo único que tengo que hacer es organizarme. Lo que sí necesito es que alguien me diga cómo se hace eso, pues llevo más de año y medio intentándolo y todavía no he descifrado el sistema. Yo solía llevarle el pulso a un equipo laboral, mes con mes triunfaba en la faena que representa que todos los colaboradores externos entreguen su trabajo puntualmente, veía porque se cumplieran a rajatabla con los calendarios, era rarísima la vez que mi equipo y yo dejábamos la oficina después de la hora de salida, nunca me pasé ni un peso del presupuesto establecido y no es por alardear, pero en más de una ocasión ganamos premios en nuestro ramo... En resumen, el proyecto profesional que tenía a mi cargo marchaba "como relojito". Sólo que eso era pan comido comparado a lo que tengo que calcular ahora: precios fluctuantes de los alimentos, altas sumas injustificadas en los recibos de los servicios, ausencias imprevistas del personal doméstico, incumplimentos por parte de cualquier prestador de servicios, solicitudes repentinas para las actividades de la escuela del niño, no poder mandar al querubín a clases por algún síntoma sospechoso, encargos laborales de hoy-para-mañana, y demás eventualidades que en verdad encuentro dificilísimo (como decía Silvia Pinal en la película El inocente) controlar.
Me he acercado a las expertas, he consultado bibliografía, en resumen, he realizado investigación en general. Les voy a ahorrar berrinches y les voy confiar lo que he descubierto: Nadie parece tener un plan que comprenda más de 24 horas, y el mismo se tiene que hacer a las 6,30 (a más tardar 7) a.m. del mismo día. Ponerse metas a cumplir en rangos de 15 a 20 minutos también me funciona, pero estén advertidas: ni siquiera así hay la garantía de que todo saldrá como esperaban. Algunos aspectos (como citas con el doctor o hacer una visita social) se pueden manejar en términos semanales, y sólo las vacaciones se pueden preveer de 1 a 3 veces al año (si se tiene suerte). Pero no más. Y entonces me doy cuenta. Claro, así es. Estar en casa es tan impredecible como la vida misma. Esto no es una revista.
viernes, 2 de julio de 2010
Enfermedad congénita degenerativa
Sufro de una espantosa condición y me temo que es irreversible. Estoy desarrollando ese mal exclusivamente femenino que padecen algunas desde muy jóvenes, aunque también puede presentarse en la edad adulta. Nunca antes había presentado síntomas: me ha venido a partir de esta metamorfosis en la cual llevo ya casi año y medio. He pasado a ser parte del clan de mujeres que no pueden dejar de limpiar. Y no hablo de lavar trastes, ni de trapear (Dios me libre de que algún día me pase eso), sino que no puedo parar de intentar poner orden.
Si estoy en mi casa, parece que me prendieron un radar para detectar objetos que están fuera de su lugar. Recojo trastes, mamilas, juguetes, clasifico papeles. Acomodo las cosas de un cajón o reorganizo la alacena. Regreso todo "a donde va", porque de otra manera cuando se necesite no lo encontraré (y si yo no lo ubico, nadie más en esta casa será capaz de hacerlo). Además porque si no lo hiciera así, (léase con voz de mamá sufrida) ¡esta casa sería un chiquero!, en donde nadie encontraría donde posar su vaso o plantar su pie para dar paso. Hasta aquí sonaría una obsesión que si no lo ven con ojos de psicoanalista, puede ser bastante razonable: al ser mi hogar también mi lugar de trabajo, necesito extremar precauciones. Porque si en los escasos (¿qué serían, 5?) metros cuadrados de los que disponía en la oficina donde solía trabajar nunca encontraba nada, imagínense en la inmensidad de mi casa. Lo terrible es que he llevado esta conducta al extremo de una molesta enfermedad: me he descubierto poniendo orden en lugares como restaurantes, hoteles o casas ajenas. ¿Ya saben? Ya soy como esas señoras que atosigan, que no dejan a nadie estar en paz en una reunión porque están levantando los trastes antes de que uno acabe de comer. Que alguien me detenga. Lo digo en serio. No quiero llegar a ser como esas tías o mamás que tienden la cama en el hotel. De alguna manera ya formo parte ese grupo al levantar las migajas que tira mi niño por donde va pasando. ¿Qué sigue? ¿Una aspiradora cuca que combine con mi outfit para cargarla a donde vaya? Y luego una acaba prefiriendo electrodomésticos por sobre bolsos o zapatos, qué horror.
jueves, 24 de junio de 2010
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...
Cuando una se dedica a su casa, parece caerle encima todo el peso del sentimiento más enfadoso de la tradición judeocristiana - por eso yo ya me estoy interesando por el budismo, en el que tal concepto no existe: la culpa.
Sintiéndonos bajo la lupa de las leyes de este dios moderno al que llamamos sociedad, los motivos para experimientar remordimientos de conciencia son múltiples y las manifestaciones ominipresentes: en el aspecto económico, (porque no estamos administrando el gasto familiar tan bien como podríamos), en el de la alimentación (porque no estamos cocinando y/o comiendo tan sano como deberíamos), en el emotivo (porque nuestras múltiples responsabilidades no nos dejan pasar suficiente tiempo de calidad con el marido, los hijos, los padres, los hermanos o las amigas), en el físico (porque no estamos haciendo ejercicio o descansado lo suficiente para rendir mejor), en el higiénico (porque no estamos comprando los productos de limpieza más esterilizantes del mercado), en el social (porque estamos haciendo otras cosas mientras otra pobre mujer nos ayuda con la limpieza del hogar), en la educación (porque dudamos de estar formando a nuestros hijos "perfectamente"), en lo profesional (porque "¿En dónde quedó mi carrera?"), y así la lista puede seguir unos cuantos renglones más, pero creo que ya tengo un punto.
Quizá (sólo quizá), yo soy la única ama de casa neurótica que experimenta esto, pero sospecho que no. Y es que es sólo natural que pongamos tanto interés y preocupación en lo que hacemos, que suframos mucho más intensamente cualquier inquietud que pudiésemos haber llegado a sentir al realizar algún proyecto en el ámbito laboral: ahora es nuestra vida, nuestra familia, nuestra casa lo que está en juego.
Lo gracioso es que ninguna de nuestra decisiones puede tener repercusiones tan rotundas como imaginamos pero si no nos preocupásemos, ¿qué tipo de ama de casa seríamos? Una jefa de hogar relajada, pero a esas generalmente se les llama "fodongas" y ninguna de nosotras quiere ser tachada de tal cosa.
Pareciera que nunca estamos conformes. Si estamos tiempo completo en una oficina la culpa se presenta por sentir descuidamos la casa y la familia. Si nos dedicamos únicamente al hogar y a los niños ni el esfuerzo más grande y mejor intencionado es suficiente, y el desasosiego aprovecha cualquier huequito para instalarse. El estudio linkeado arriba sugiere que una posible solución son medias jornadas, pero sé de buena fuente que no es así. Lo mejor es no tomarse tan en serio el papel, jugar a que todo lo hacemos De entrada por salida y disfrutar los beneficios de ser multifacéticas. ¡Ya hubieran querido tanta versatilidad nuestras abuelas!
martes, 4 de mayo de 2010
A pedir de boca
Nunca fui dueña de uno de esos hornitos mágicos - de fabuloso diseño cincuentero- tan representativos de nuestra generación. Siempre me parecieron demasiado naive, inclusive para una niña de 7 u ocho años. Además creo recordar que en alguna ocasión probé uno de esos pasteles que supuestamente llegaban a su punto de cocción gracias al foquito de 30 watts que se encontraba en su interior. Obviamente esa fue la razón principal para que yo no anhelara poseer uno de esos juguetes. ¿Para qué iba a querer un aparato que producía bizcochos tan poco apetitosos? Cuando yo me puse a hornear fue en serio. Tendría 10 u 11 años y pasaba las tardes de viernes haciendo galletas que generalmente quedaban duras como piedras. Solamente mis hermanos menores eran lo suficientemente golosos y temerarios para arriesgar su dentadura a cambio de un bocado que además generalmente resultaba empalagosísimo. También preparaba pasteles, e inclusive tomé un curso en el que aprendí a hacer chocolates. Esos sí que me quedaban buenos.
Los años pasaron, y la falsa idea de que sería profesionista de tiempo completo eternamente me fue alejando de las estufas. Sin embargo, a partir de este tremendo cambio de vida por el que he pasado en los últimos meses, he descubierto lo que es la pasión por la cocina. Me he quitado manías (como la de no poder manipular carne cruda) e ideas absurdas (como que ciertas preparaciones, como la del arroz, están reservadas solo para las expertas) y me he lanzado de lleno a aprender las recetas de la familia materna. Siempre juré que éstas terminarían por perderse, pues no sería yo (la única mujer sobreviviente de mi familia) la que se diera a la tarea de recopilarlas y practicarlas hasta el punto de perfeccionarlas. Si llegaré a igualar a mi nana y a mis ancestras, se sabrá acaso dentro de un lustro sino es que una década. Por lo pronto la familia ya tiene una esperanza más (aparte de mi hermano que también se ha puesto a cocinar) de que la tradición no se pierda.
Lo que todavía no logro es manejar la frustración de que un platillo no quede "como debería" después de tanto trabajo e ilusión invertidos. Ahora sé lo que se siente querer tirar a la basura un guiso con todo y recipiente. Los que saben de estos menesteres me han consolado diciendo que este sentimiento es absolutamente normal y que, no importa cuánto mejore, nunca quedaré del todo satisfecha. Vaya panorama. Lo bueno es que siempre habrá un deli o un take out para sacarnos del apuro, pero el sueño de cualquier cocinera que se precie de serlo es que todo quede a pedir de boca.
miércoles, 7 de abril de 2010
Cuidado con la seño
Siempre me ha parecido comiquísimo que retraten a las señoras enojadas con un rodillo en la mano. Resultaría más natural que un ama de casa utilizara como arma de intimidación un cucharón o de plano un cuchillo (esos instrumentos se usan con más frecuencia en la cocina), pero por alguna razón se eligió esa herramienta alargada de madera para infundir temor entre los que osen hacer enojar a una desperate housewife.
Bueno, pues hoy quisiera que en alguno de mis cajones hubiera uno de esos bártulos. No que le fuera a dar uso golpeando la cabeza de alguien, tampoco pretendo extender ningún tipo de masa. Vaya, ni siquiera amenazaría a nadie. Solamente sería un experimento para ver qué tanto me hago respetar portando semejante utensilio como accesorio. Y es que si existe un halo de frustración en torno del concepto de ama de casa, es porque son demasiados los pendientes y cosas por resolver dependiendo de gente informal (léase repartidores, electricistas, plomeros y un largo etcétera de prestadores de servicios domésticos).
A nuestra generación súmenle además el tratar de resolver todo eso de manera "profesional". Acostumbradas a ser ordenadas y competentes en nuestras carreras, queremos llegar a aplicar los mismos criterios y procedimientos en la vida hogareña, y ahora me doy cuenta que es algo bastante ingenuo de nuestra parte. Me parece que lo único que nos resta es prevenir por triplicado y tener mucha paciencia. Y por si acaso, de todos modos voy a ir a comprar un rodillo...
miércoles, 31 de marzo de 2010
Mi segundo hogar
Hace un par de años, por su trabajo, un amigo tomaba vuelos nacionales dos o tres veces a la semana. Me contaba que en esa época, los de seguridad del AICM ya lo saludaban por su nombre cuando lo veían llegar. La cantidad millas que reunió en esa época nunca me la reveló, pero lo que sí me confesó es que, por la frecuencia con la que iba y el tiempo que tenía que pasar ahí, ya sentía la terminal 1 como una segunda casa.
Ojalá me dieran puntos o algún tipo de recompensa por mis frecuente visitas al súper. No sé si será que estoy desorganizada, pero voy prácticamente diario. Cuando creo que adquirí absolutamente todo lo que se necesitaba, y que no regresaré en, al menos, un par de días, llego a casa para encontrar que se acabaron las bolsas de basura... o la leche... o el pan de caja.
Total que siempre tengo que regresar al día siguiente (si no es que más tarde el mismo día), pero aún nadie me saluda por mi nombre. Sentimentalismos aparte, el problema real es que cada que una va, sale con un par de cosas más de las que realmente necesitaba. Esto sucede sobretodo en los establecimientos más grandes, en donde se tiene que cruzar varios departamentos para llegar al objeto de compra. Dicen que para evitar eso es buenísimo el servicio de envío a domicilio, pero no sé, no me siento cómoda con que alguien más escoja mis víveres. Lo único que me queda es tratar de fijarme mejor o recurrir a las tienditas de la esquina.
martes, 23 de marzo de 2010
Educando a Raquel
Una casa implica mucho más trabajo que un departamento. Si bien antes todo marchaba bien en mi pisito con el apoyo de Margarita un par de veces a la semana, en la casa nueva de inmediato se hizo necesario alguien que estuviera ahí todo el tiempo para hacer aquello (que es mucho) que yo no puedo hacer.
Hay quien cree que tener servicio doméstico de planta equivale a poder irse todo el día al salón de belleza o al gimnasio. Sin embargo, cuando se es el chofer, comprador personal, trainer, cheff, valet, publirelacionista y prestadora de demás servicios de lujo de un "rockstar" de 2 años, la verdad es que queda poco tiempo para una. Si a eso le agregamos que es imposible partirse en dos para estar cuando viene el camión de la basura, los del agua embotellada, los del gas, bla, bla, bla, o que una o trabaja por las mañanas o se pone a medio limpiar toda la casa, entenderemos lo necesario que es un par de manos extra siempre cerca.
Por lo anterior llegó Raquel a ayudarme. Al principio le di instrucciones generales, pero con el paso de los días me di cuenta que su conceptos de "sacudir" o "acomodar algo" no son los mismos que los míos. Después de poco más de dos semanas de revisar su trabajo, he pasado por varios estados de ánimo: negación, ira, depresión. Ahora estoy en la de la negociación (o en este caso de capacitación), pues no quiero llegar a la resignación y tener que despedirla.
Así que ahora ando toda la mañana con productos de limpieza en mano enseñándole cómo se hacen las cosas en esta casa. Debo decir que es pesadísimo, pero quiero pensar que, si todo sale bien, en un par de semanas más no tendré que estar dando estos cursos intensivos y podré intentar (una vez más) tomar las riendas de mi vida.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Culpa yuppie
A veces me sorprendo a mí misma haciendo planes para no estar en casa el día que viene la señora que hace la limpieza. No es que no me guste convivir con ella, ni mucho menos. De hecho disfruto nuestras pláticas, saber qué pasa en su vida, con su familia e inclusive escuchar su consejo cuando se da el caso. Es sólo que me da un poco de pena el "no hacer nada" mientras ella realiza el trabajo doméstico.
Sé perfectamente que Margarita no ve mal que yo esté con mi hijo, o que me siente frente a la computadora mientras ella barre, aspira, trapea, etc. Mi culpa es algo que no puedo explicar.
Otra actitud que me he descubierto es que empiezo a lavar trastes o a recoger ropa un par de horas antes de que ella llegue. Algo así como las amas de casa de antaño que sacudían la casa a conciencia ante la visita inminente de la suegra que pasaba el dedo en busca de polvo.
Supongo que se trata de una especie de lucha por el territorio. Aunque a ninguna de las mujeres de mi generación nos guste hacer el "que hacer", el cederlo a alguien más es como donarle una parte de nuestras vidas. Precisamente el otro día una querida amiga me decía que odia no tener tiempo para organizar su casa, y que siente que la ama y señora de su hogar es la mujer que la ayuda con la limpieza. Es ella, y no mi amiga, la que decide qué productos y de qué forma se usan, por citar un ejemplo. Otra amiga me decía que no soporta tener muchacha de planta, que ella prefiere hacer la mayor parte del trabajo a sentir que hay "otra mujer" en la casa.
Total que ahora resulta que tener (o aceptar que necesitamos) ayuda nos incomoda. Extraño fenómeno, pero sucede. Yo creo que, como en todo, lo mejor y más complicado es un punto medio. Con todo lo "fodonga" que me pueda sentir, prefiero que alguien más lave los platos para que yo pueda pasar tiempo con mi hijo o seguir ejerciendo mi profesión. Eso le da más oportunidad a mi hijo de tener una mamá más contenta y dedicada a las cosas que sí disfruta (sean propias del hogar o no). Mucho mejor, ¿no creen?
Que siempre no...
Calculé la mudanza para este fin de semana. A mí, que todo me encanta tenerlo calculado, planeado, calendarizado, como muchas cosas en este año, otra vez no me salió. Y como no fue ahora, ya no pasará hasta el próximo año. Diciembre es demasiado complicado como para, además, llevar la casa a cuestas.
Mucha gente asegura que una remodelación es más cansada y tardada que una construcción. Yo no entendía eso hasta que me metí a hacerlo. Es cierto. En la edificación de una vivienda nueva, todo se hace a medida, sobre necesidades específicas, los contratiempos son mínimos. Al rehabilitar una casa ya hecha, uno se encuentra con limitaciones propias del inmuebe original. Hay que adaptarse a lo que se tiene, o bien tirar y volver a hacer, lo cual es bastante desgastante. A eso se suma que cuando parece que un recurso se logró, se presenta siempre algún tipo de eventualidad no prevista. En fin, tampoco hay prisa. Es sólo que es un evento tan significativo que hay que hacerse a la idea por un tiempo, y el "siempre no" sólo prolonga la ansiedad.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Mudanza
Dentro de poco menos de tres semanas, mi pequeña familia y yo nos cambiaremos de casa. Confieso que estoy aterrada. En algún lado leí que mudarse es una de las tres primeras causas de estrés en la vida de una persona, siendo los dos otros dos motivos eventos tan tremendos como la muerte de un familiar o pasar por un divorcio. Debo aclarar que mi miedo no está fundado únicamente en la teoría. La memoria de experiencias anteriores es lo que más me atormenta. Ese espantosa sensación de que uno NUNCA acabará de meter la vida en cajas, la interminable aparición de objetos inclasificables y la perspectiva de vivir en el caos por un buen rato. Además está el riesgo de que se pierdan, maltraten o rompan cosas. Somos obligados a poner nuestras preciadas posesiones de toda una vida (valiosas o no, es lo que tenemos) en manos de desconocidos para que las manipulen cuanto sea necesario.
El peor recuerdo que tengo de mis traslados anteriores es el de empacar la ropa. Simplemente no podía terminar. La del diario, los abrigos, los vestidos de fiesta... fue tan abrumador que estuve tentada a dejar varias cosas atrás, y me juré analizar muy bien si valía la pena cada que tuviera el impulso de comprar un trapo más.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Romper un huevo
Hay algo catártico en el acto de quebrar el cascarón de un huevo. Quizás sea una percepción personal, pero al preparar cualquier platillo que incluya este ingrediente, considero por demás disfrutable el instante del "crack".
En una sociedad en donde impera el "no tocar", jamás está bien visto resquebrajar objetos. Eso se le deja a la gente que está fuera de sí, aunque ahora se me ocurre (no sé si exista ya) que podría ser una buena forma de terapia de desahogo. Por eso, cuando resulta necesario fracturar la estructura de un blanquillo, se experimenta un poco el sentimiento de liberación. Algo así como el palpable gozo de reventar las capsulitas del papel burbuja.
El efecto placentero aparte, pareciera que existe todo un arte alrededor de esta acción. Quien carece de experiencia, no logrará fraccionar el cascarón sin desbaratarlo en varios pedazos inasibles. Los mejores chefs hacen alarde de conseguir abrir el huevo, verter su contenido y tirar su "envoltura" utilizando una sola mano. Cuando las cáscaras se utilizarán para decorarlos y rellenarlos en Pascua, sólo se debe hacer una pequeña abertura por el extremo superior. No sé cómo se logre eso, pero por lo pronto lo que sí les puedo compartir son estos cinco pasos que encontré para romper un huevo exitosamente.
1-Toma el huevo con la mano que seas más hábil
2-Sujétalo entre el pulgar y los dedos índice y medio
3-Golpea el huevo suavemente pero de manera firme contra una superficie dura y no contra el borde de un recipiente, lo cual puede incrustar las partículas del cascarón dentro del huevo.
4-Si el huevo no se partió completamente, separa las partes haciendo presión hacia afuera con los pulgares
5-Vacia el contenido acercando el huevo al traste, no desde lo alto para evitar que se rompa la yema.
miércoles, 28 de octubre de 2009
De Miranda a Charlotte en 9 meses
Hace casi diez años, una versión más joven e inexperta de mí cambiaba de canal un sábado por la noche en un zapping desesperado por encontrar algo que ver en la t.v. Fue entonces cuando me topé con un capítulo de la ahora icónica Sex and the City. En ese momento, la serie todavía no era conocida en nuestro país. Yo no sabía ni qué estaba viendo, pero algo de lo que brillaba en la pantalla me atrapó (seguramente el tono femenino, "irreverente" y divertido), e hizo que en la primera oportunidad adquiriera la primera temporada en DVD.
Como el 99.9% de la población femenina (no conozco a ninguna mujer que no le guste, pero seguramente existe), me volví fan incondicional. A los pocos días de mi hallazgo, el ortodoncista determinó que era necesario sacarme las cuatro muelas del juicio, y tomé la circunstancia como pretexto para correr a comprar la 2a temporada y encerrarme todo un fin de semana a ver el box set completito. Y así, varios meses y muchos cientos de dólares gastados después, la revisé una y otra vez hasta, literalmente, el hartazgo. Repasé tantas veces las líneas, diálogos y gestos de sus protagonistas, que ahora no puedo apreciar el melodrama sin ser hiper crítica. Sus conflictos ahora me parecen los de un grupo de adolescentes y sus interpretaciones, sobreactuadas.
Sin embargo, en ese entonces todas estábamos fascinadas con el show. Cuando Sex and the City se hizo popular entre las chicas de mi generación, mis amigas más cercanas aseguraban que yo era toda una Miranda: una fémina casada con su trabajo, práctica, con humor ácido y sin sentido del romance. Acepto que, de las cuatro, fue con la que más me identifiqué una vez que superé mi etapa Carrie (todas tenemos una época Carrie, no es casual que ella sea la protagonista). Mis íntimas señalaban que la pelirroja y yo compartíamos inclusive el mismo corte de pelo, que ambas vivíamos solas con un gato y cuando me embaracé aseguraron que tendría un niño (y atinaron, ya tengo mi pequeño Brady).
Lo que ninguna vio venir es que, 9 meses después de dejar de trabajar en una oficina, me convertiría en toda una Charlotte. Así es: hoy descubrí que, después del mismo periodo de gestación de un ser humano, he renacido en una mujer que disfruta muchísimo ser una stay at home mom, y que su prioridad es su familia. No voy a negar que pasé por una tremenda fase de desperate housewife al más puro estilo Lynette Scavo, tratando a toda costa de regresar a los grandes corporativos y sintiendo que en casa no estaba haciendo nada bien.
Eso sí, que quede bien claro que nunca seré tan cursi como Charlotte. A las "Mirandas" de nacimiento siempre se nos puede encontrar un poco de nuestra naturaleza sarcástica a flor de piel, pero eso nunca nos impedirá disfutar de una tarde horneando galletas.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Música de fondo
Trabajé tanto tiempo en la misma oficina que llegué a temer que, en mi lecho de muerte, alucinaría con la grabación que tenía que escuchar al revisar mis mensajes telefónicos. (Léase con tono gangoso): "Buzón de voz Meridian... Contraseña... Usted tiene # mensajes de voz nuevos. Mensaje 1, NUEVO, del número de teléfono 5-5-5...". Era tal mi angustia ante la posibilidad de que eso se metiera en lo más oscuro de mi subconsciente, que intenté muchísimas veces encontrar un atajo para acceder directamente a los recados sin pasar por la letanía anterior. Nunca lo logré, parece que era imposible.
Ahora eso ha quedado atrás, pero mi nueva preocupación es que nunca pueda sacar de mi cabeza los sonsonetes de las canciones infantiles del canal de programas favorito de mi niño. Y es que él no puede concebir estar en la casa con la tele apagada (la esté viendo o no).
No lo puedo culpar, los contenidos que existen ahora para los críos de su edad son tan fascinantes y bien realizados que hasta uno como adulto puede quedarse viéndolos un buen rato sin cambiar de canal. Sin embargo a veces me gustaría tener un poco de silencio.
Mi revancha llega cuando voy en el coche. A falta de un transmisor de f.m. decente para poder reproducir la música que tengo en mi iPod, y siendo muy descuidada como para cargar con mis cd's, me he convertido en una exploradora experta de las opciones radiofónicas. Cuando no encuentro nada de mi agrado musical, confieso quedarme absorta en los programas dirigidos a mi nicho mercadológico (mujer de 25 a 40, profesionista, con hijo(s) y que pasa tiempo en su casa). Antes no los escuchaba porque no estaba en el auto a la hora que los transmiten y porque no sabía de su existencia. Además su contenido tenía poco que ver con mi vida anterior. Ahora he de reconocer que ya hasta los busco, y que atormento a mi marido y demás conocidos con las entusiastas reseñas que hago de los mismos.
Creo que al final no soy tan distinta a mi hijo. ¿Cómo resistirse a algo que está especialmente dirigido a uno? Ni hablar, soy un target fácil, fascinada ante los medios que parecen nuevos a mis oídos, los cuales parecen ser presas fáciles del ruido externo. Mejor voy a poner un poco de música de fondo...
lunes, 5 de octubre de 2009
Agotada
Es lunes y estoy exhasuta. ¿Quién dijo que los fines de semana son para descansar? Cuando por fin llega el viernes en la noche, quiero hacer todo lo que no es posible en la semana: convivir con mi marido, no preocuparme por la hora de dormir, ir al cine, salir a cenar o tomar algo... sábado y domingo son para desayunar, comer y/o cenar con amigos y la familia... no queda tiempo para recuperar todas las horas de sueño que me perdí durante la semana.
"A descansar a la tumba", dice el refrán. ¿Pero con qué energía cuido a mi niño de casi dos años, al que le ha dado una mamitis terrible y cuyos pasatiempos favoritos son: treparse a los libreros, mesas y repisas de las ventanas, y perseguir al gato para taclearlo y (una vez sometido), morderlo? ¿Con qué claridad mental puedo contar para redactar y traducir todo lo que tengo que entregar? ¿De dónde saco fuerzas para lavar todos los trastes que tendré que enjabonar, enjuagar y secar durante la semana?¿Con qué cabeza pienso en lo que debo preparar para comer?
Podría seguir con la lista de cuestionamientos, pero debo ir a arrastrarme por los pasillos de supermercado... eso sí, con muy buenos recuerdos del fin de semana que acaba de pasar. Creo que al final eso es lo que nos queda de consuelo los lunes. Sí, definitivamente prefiero estar cansada y feliz de haberme divertido, que descansada y aburrida. Quizás debería considerar tomar vitaminas ... ¡sólo que no sean de esas que provocan hambre!
jueves, 13 de agosto de 2009
Cocinar es una gran terapia
He descubierto que algunas labores propias del hogar son muy terapéuticas. Picar verduras o planchar ropa me resultan actividades relajantes e introspectivas (claro, mientras no las tenga que hacer con prisa). Como plus hay un resultado tangente y gratificante (sobretodo en el caso de la cocina). Sin embargo, cuando se vuelve obligación, puede ser bastante desgastante. Recuerdo a mi madre lamentándose del hecho de TENER que pensar diario en qué hacer de comer, y me parece que es una queja común de muchas amas de casa... Con todo lo que hay que hacer de manera rutinaria, rara vez queda espacio para la creatividad. Además se agrega el factor hijos-quejándose-de-que-no-les-gusta-esto-o-el-otro. O que no quieren verduras. O que de plano no quieren comer. Yo todavía no tengo ese problema. Mi niño todavía se alimenta de cosas muy sencillas, y yo, en un espíritu práctico, como lo mismo que él, sólo un poco más condimentado o con picante. Es una buena opción porque además son platillos muy adecuados para mi dieta, pero ayer estaba un poco aburrida y me puse a buscar una opción para preparar algo distinto. Preparé esta receta y quedó buenísima. Algo diferente, rico y sin perder de vista lo light. Lo mejor es que fue sólo una probadita de todo lo que puedo encontrar en línea... Así que seguiré experimentando.
martes, 21 de julio de 2009
La culpa es de las feministas
Desde que salimos de la universidad y empezamos a trabajar, mis amigas y yo, de guasa, hemos comentado en alguna ocasión que para qué se inventó el feminismo, que sólo agregó trabajo y culpas a nuestra ya de por sí "complicada-por-naturaleza" existencia. Que todo era más fácil antes y que qué lindo ocuparse solamente de cocinar, cuidar bebitos, vernos bonitas y tener nuestra vivienda reluciente y llena de flores. Y que el marido nos dé ($$$) para que todo eso sea fácil. Antes de que nos acusen de "Susanitas", he de decir que sé bien que no somos las únicas mujeres modernas a las que les ha pasado por la cabeza que haber nacido en otra época hubiera sido más sencillo, pues me ha llegado más de un mail haciendo un chiste acerca de ello. Bueno, pues resulta que existe quien ha llevado más allá "la broma": navegando en Internet me encontré con este fenómeno. Se llaman Time Warp Wives y se trata de un movimiento de amas de casa (y sus maridos) que defienden la (muy) antigüa estructura familiar. Así, ellos asumen al 100% el rol de hombres protectores-proveedores, y ellas el de organizadoras del hogar y responsables de la crianza y educación de los niños en el mismo porcentaje. Estas parejas inclusive decoraron sus residencias al estilo americano de hace más de 50 años, para de esta manera hacerle un homenaje completo a la vida familiar que imperaba en las primeras décadas del siglo XX. Por inquietante y retrógrado que parezca, estas personas tienen un punto. Las dinámicas de pareja se han vuelto terriblemente complicadas, y por supuesto que antes todo era más sencillo: con roles bien determinados y mucha abnegación de ambas partes. Nos hemos perdido tratando de adaptarnos a los cambios naturales del mundo pero, al menos a mi parecer, esto no justifica que una mujer no sea capaz ni de cargar gasolina en su auto porque eso no es femenino (y así lo plantea dicha corriente). Qué postura tan inocente el querer regresar el tiempo y vivir en una burbuja cuando el mundo exterior ya no es aquel por el que suspiramos. Qué absurdo el esperar que una sola parte de la pareja cargue con un tipo de carga (sea económica o del hogar). Qué denigrante que una responsabilidad de tu existencia como mujer sea lucir espectacular en todo momento. De cualquier forma y como toda ocurrencia extravagante, divierte muchísimo y tiene una estética digna de pasar un rato revisando su sitio.
viernes, 10 de julio de 2009
Manías
Todos tenemos pequeñas obsesiones, acciones absurdas que repetimos de manera cotidiana y continua. Morderese las uñas, jalarse un mechón de cabello, revisar los cubiertos en la mesa de un restaurante... Pero, ¿qué pasa cuando transportamos esas manías al ámbito casero? Se vuelven una pesadilla, un monstruo que nos aterroriza de manera constante. Detallitos que, de no ser resueltos, no nos dejan tranquilos. Yo tengo dos muy identificadas, y las dos tienen que ver con la cama. Uno: no soporto que esté destendida. Dos: no puedo ver ropa tirada encima de ella. Y no es que yo sea la más ordenada, ni mucho menos, pero de alguna manera me parece que entrar a una recámara y ver la cama hecha y despejada, es cumplir con un requisito mínimo del quehacer hogareño. Estoy consciente de que es una costumbre que me dejó arraigadísima mi madre, la cual no nos dejaba salir de la casa el fin de semana sin antes hacer nuestras camas. Me encantaría que no me molestara, que las sábanas revueltas sobre el colchón combinaran con los juguetes de mi hijo regados en el piso. Simplemente no puedo, en cuanto salgo de bañarme procedo a tender la cama invariablemente. Inclusive puedo dejar la tarja llena de trastes sin lavar, pero salir sin tender la cama, imposible. Supongo que por eso es una manía y que todos tenemos las nuestras. ¿O seré sólo yo?
lunes, 29 de junio de 2009
La loca de la ventana

Cuando era niña, recuerdo que mis primas hablaban de "la loca de la ventana". Nunca pregunté si en realidad estaba loca, pero me impresionaba mucho el sobrenombre que se había ganado la vecina de enfrente sin siquiera salir de su casa. Era una señora viejita que supongo que no salía nunca de su casa, no hablaba con nadie en todo el día, y que no tenía nada más que hacer que estar viendo hacia afuera cuidando que nadie se estacionara en su puerta. Traigo a colación esta anécdota pues hoy descubrí con horror que, desde que estoy todo el día en mi casa, me he transformado en La loca de la ventana. Exceptuando la edad, cubro todos los requisitos. Y es que, si no vivo pegada al vidrio para ver que nadie ponga su auto frente a la puerta de mi cochera, es muy probable que me bloqueen la salida todo el día. Ya cuando estuve de incapacidad tuve una experiencia muy desagradable con una tipa que se creía con el derecho de usar el lugar frente a mi estacionamiento simplemente por trabajar en la oficina de abajo, y que se molestaba mucho cuando le pedía que moviera su coche (si es que la encontraba, claro). Total que, aunque esté ocupada haciendo labores domésticas, traduciendo o escribiendo, tengo la manía de asomarme a la ventana cada 10-15 minutos. He de decir que mi obsesión ha tenido un resultado positivo. Aunque no he logrado que los vecinos dejen de aparcar sus automóviles frente a mi cochera, lo que sí he aprendido es de quién es cada auto. Así ya no tengo más que ir a tocar un timbre para que me dejen libre la salida. Pareciera una tontería, pero un asunto de este tipo mal llevado puede ocasionar serios problemas de convivencia. Salir temprano de casa, trabajar todo el día en la oficina, y regresar por la tarde/noche hace que seamos neófitos en esta cuestión de la relación con los vecinos. Es TODO un tema. Pero como cualquier otra asunto de relación interpersonal, para evitar problemas todo es cuestión de ser civilizados.
viernes, 19 de junio de 2009
Mi otro hijo.

Nunca les he contado, pero tengo otro hijo. De hecho fue el primero. Con él me entrené en la responsabilidad de cuidar a un ser vivo. Por él lloré tres días seguidos una vez que se perdió. Con él corrí al doctor (veterinario) cuando se enfermaba. Por él, mi departamento de soltera se convirtió en un hogar al que tenía que regresar, pues había un ser vivo que esperaba mi llegada (y claro, que le diera de comer). Se llama Mio, y gracias a él conozco la fascinante vida gatuna. Pero un día (y para su mala suerte) tuve un bebé, y de ser el consentido, pasó a ser el juguete de mi niño. Al final, me parece que no le disgusta nada que alguien le haya puesto atención otra vez desde que lo desplazaron de su trono de "rey de la casa".
Una mascota es un elemento importante en la vida de una persona. Como bien dicen aquí, no sólo es un animal de compañía; también es un amuleto de buena suerte. Esto se puede ver de muchas maneras, pero me parece que básicamente se refiere a lo sano que puede ser el desarrollo emocional que uno logra al llevar una relación con un animal doméstico. Inclusive existen terapias curativas que están basadas en el efecto positivo de ese tipo de vínculo afectivo. He de confesar que antes de Mio tuve mascotas con las que nunca logré tal rapport. Quizás sea un asunto de "química", como la que se da entre humanos. También dicen que los gatos escogen a su dueño. A lo mejor eso pasó, que para los animales anteriores no estaba yo en su destino como dueña. Sea por la razón que fuere, este gato sí que me hizo entender el idilio que tantas personas tienen con sus mascotas. Y ahora, como un miembro más de la familia que ya somos, también trae consigo problemas que hay que resolver, como que un gato callejero anda invadiendo sus territorios. Un round más que ganar en el mundo de batallas domésticas que libro día a día. Pero, si no estuviera la vida llena de estos "problemas", qué fácil y aburrido sería todo, ¿no?
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