lunes, 7 de octubre de 2013

¡Retoma tu fuerza de voluntad!



Si bien tener voluntad para hacer ejercicio o seguir una dieta siempre es complicado, con hijos se vuelve una misión casi imposible. Esto es porque estamos cansadas, con la mente en mil cosas y las prioridades en los niños, entonces no resulta nada sencillo.

Se dice que querer es poder pero lo que nunca se dice es que para pasar del deseo al logro hay mucho trabajo de por medio. Así es, la fuerza de voluntad se ejercita como un músculo y aquí te daremos algunas claves para hacer la tuya de acero.

Toma en cuenta que para realizar un acto, hasta el más cotidiano y sencillo, como salir de la cama todas las mañanas, todo afecta: cómo nos sentimos, las imágenes mentales, las emociones y las ideas preconcebidas.

Así que primero hay que revisar todos los factores mencionados anteriormente para dividir el plan de acción que sirve básicamente para cualquier propósito. A continuación te damos cinco ejercicios y la explicación de para qué te van a servir. Son pequeñas “meditaciones” y actos de voluntad que además de entretenidos resultan muy interesantes y efectivos para alcanzar metas.

1. Domina tu pensamiento
Escoge un concepto (por ejemplo, una silla), y durante un corto lapso de tiempo (pueden ser 3 minutos) y partiendo de él, se piensa en todo lo que se le pueda relacionar sin desviarse de la idea original (utilidad, modelos, materiales, manera en que se fabrica, etc.) Trata de hacerlo todos los días, de ser posible siempre a la misma hora. Este ejercicio sirve para regular el pensamiento, volverlo perfectamente claro y mejorar la concentración, al evitar las asociaciones mentales involuntarias y pensando en temas sin importancia que no agitan la mente.
2. Domina tus acciones
Se trata de realizar una acción muy sencilla como tocarse la nariz, cambiarse el reloj de mano, o aplaudir tres veces todos los días a la misma hora exacta, ni un minuto antes, ni un minuto después. Suena sencillo pero requiere mucho esfuerzo y perseverancia, y hay que seguir intentándolo diariamente sin importar cuántas veces lo olvidemos. Esto sirve para dominar no sólo el pensar sino también el actuar, que es en donde radica la verdadera fuerza de voluntad.
3. Domina tus sentimientos y emociones
Cada que sientas que te domina un sentimiento, haz el ejercicio de identificar la emoción, etiquetarla y aplicar el control del cual somos capaces. Hay que procurar aplicar el ejercicio antes de un arranque. De esta forma se adquiere serenidad y control sobre las manifestaciones emotivas tales como son placer, dolor, alegría y tristeza.
4. Cultiva el positivismo y la tolerancia
Siempre que sea posible, en todo momento y con toda persona. Haz un esfuerzo por ver lo verdadero, lo bello y lo bueno pasando por alto lo “erróneo”, lo “feo” y lo “malo”. Esto te ayudará a hacer conciencia de todos los prejuicios, actitudes y pensamientos destructivos que tenemos continuamente.
5. Ábrete y sé receptiva
Trata de enfrentar toda nueva experiencia que se nos presente en la vida con total ausencia de prejuicios, descartando el “aprendizaje” que nos hayan dejado vivencias anteriores y conocimientos para poder admitir nuevas verdades. Así te darás cuenta de que de todo se puede aprender algo nuevo si somos capaces de ser receptivamente imparciales hacia nuevas experiencias.

*Ejercicios tomados de http://buenasiembra.com.ar

5 tips para nunca dejar del lado el profesionalismo



Publicado también en el blog En tus zapatos

Ser mamá y profesionista al mismo tiempo es muy complicado. Se trata de barajar responsabilidades igual de importantes pero muy distintas entre ellas, y siempre queremos dar la mejor versión de nosotras en ambos lados. El problema es que a veces nos puede ganar el lado sentimental y corremos el riesgo de empezar a incumplir en el trabajo por el contundente hecho de que somos madres. Aquí te dejamos cinco consejos básicos para que no te pase eso (y tu carrera no peligre).

Organízate – Suena obvio pero la verdad es que no siempre lo hacemos con suficientes precauciones. Cuando se tienen hijos salen muchos imprevistos que hay que saber remediar con un “Plan B” de inmediato. Así que tus itinerarios diarios deben contar con esa alternativa (y a veces con otra más también) para evitar que cualquier asunto maternal complique el desempeño laboral. También debes apuntar absolutamente todo. La memoria nos falla mucho a aquellas que tenemos hijos y la de papel es infalible.

No pongas a tus hijos como excusa – Y no solo ante tus jefes o colaboradores, sino también para ti misma. Sí, eres mamá, tienes más cosas en qué pensar y que resolver que antes de tener hijos, pero el trabajo es punto y aparte. Quizás para lograr metas más altas tendrás que levantarte (mucho) más temprano, desvelarte (más) y dar muchas vueltas a la ciudad, por poner algunos ejemplos, pero ese es el precio para poder seguir una carrera y no convertirte en una ama de casa de los años 60.

Apóyate de todo el que puedas- Marido, mamá, suegra, nana, vecinos… para eso la sociedad está organizada en familia y comunidades, y para eso existen expertas a las que puedes contratar para casos de emergencia. Tu trabajo es tan importante como el de tu marido, así que también pueden turnarse para resolver imprevistos y que no seas solo tú quien tenga que llegar tarde o pedir permisos.

Luce como profesionista, no como mamá: Está bien que no puedas andar de tacones de aquí para allá cargando bebé y pañalera, pero lleva siempre contigo tus zapatillas para usarlas cuando estés en el trabajo. Lo mismo con la ropa: si necesitas cargar una prenda extra en el coche por aquello de los accidentes, hazlo. Además carga un pequeño neceser en tu auto con aquello que más te sirva para refrescarte y verte siempre bien.

No te olvides del manicure: Las manos son una importante carta de presentación, y suelen arruinarse con el trabajo de casa que se incrementa al tener niños. Agenda tu cita para que te las arreglen una vez a la semana, y cúmplela religiosamente.

jueves, 18 de julio de 2013

Lo que Patch Adams me recordó sobre la maternidad.


Hace unos días fui invitada a la Master Class que impartió Patch Adams, inventor de la risoterapia, como parte de la campaña Volvámonos Locos de Coca Cola.

Yo iba con el propósito de divertirme un rato y aprender algo. Y de pronto me di cuenta. Esto esa oro molido para una madre. Un par de los ejercicios que puso me recordaron algunas prácticas de meditación tántrica. Cuando dio su conferencia, sus argumentos me sonaron también mucho a la pedagogía Waldorf. Los anteriores son temas en los que me metí a raíz de que tuve niños.

Patch inició su ponencia diciendo: "Todo lo que les gusta de mí, lo aprendí de mi madre". ¿Así o más claro cuánto tiene que ver su práctica con la maternidad? Su premisa es que la felicidad (y por ende la salud física y mental) de un individuo, van a depender totalmente de su medio ambiente, de su entorno. Por eso es tan importante tener la conciencia de propiciar experiencias y atmósferas agradables.

Lo sigiente es un resumen de las moralejas que saqué de cada uno de sus ejercicios:

PRACTICA EL "NON-SENSE": Es decir, las cosas absurdas, que no tienen otra motivación que divertir. Pónganse a hacer muecas, es una buena forma de reírse porque sí (y más con un niño) y de aprender a no tomarse tan en serio (como figura de autoridad). Bailen. Brinquen. Estas cosas también sirve, me parece, para fomentar la espontaneidad.

ABRÁZALOS: Si un abrazo sin motivo se siente bien con quien sea, imagínate con tus hijos. Como dijo el mismo Adams, "concéntrate en el dar y recibir que implica el abrazo". Disfrútalo y utiliza este recurso sin razón.

HABLA DE LA DICHA EN TU VIDA: Y mientras tanto, míralos a los ojos todo el tiempo. Cuando te toque escuchar, no pronuncies una sola palabra. Es increíble las ganas que dan de querer saber más cuando no se puede preguntar y lo bien que se siente saber lo que hace feliz al otro. Me parece una gran manera de cultivar una relación de profundo conocimiento mutuo con los hijos.

CREA: Una pluma y un papel sirven para mucho más que escribir una carta o hacer un dibujo, cosas ya valisosas per sé. La imaginación no conoce límites, y para divertirse hace falta poco.


VERBALIZA EL AGRADECIMIENTO:
En tu vida tienes muchas, muchas cosas buenas. Repítelas, descríbelas, nómbralas. Eso los ayudará a aprender a valorar lo positivo sobre lo negativo, y con eso, les resultará solo natural sentirse felices.

lunes, 25 de marzo de 2013

10 contras, 10 pros

Illustraciones del "Basic Spelling Goals," 1960

Esto es algo en lo que pienso todos los días. Han pasado más de tres años desde que dejé de trabajar, y aún no logro dejar de hacer comparaciones de mi vida antes del housewifeismo y después del housewifeismo.

Convertirme en madre no implicó grandes sufrimientos ni sacrificios. Tuvimos la gran fortuna de que Quim nació casi al término del embarazo, de parto natural, sanísimo, de buen comer, dormilón, sumamente adaptable, etc. Yo no modifiqué gran cosa en mi vida con su nacimiento, lo complicado vino cuando decidí dedicarme 100% a él.

Para no seguir con rollos, les dejo una tabla comparativa de 10 x 10 de lo disfrutable y lo sufrible de ser mamá 24/7.

Ahí me dicen si no tomé la mejor decisión. ;)

PROS DEL HOUSEWIFEISMO


1. Ves a tus niños tooodo el día. No te pierdes de nada y eres la persona de la cual no se pueden separar día y noche.
2. No sufres el tráfico del infierno que impera casi todo el año en esta ciudad.
3. Comes diario en casa, sano y sabroso (y barato).
4. Disfrutas de pequeños placeres como tomar un café mientras ves jugar a tus hijos.
5. Controlas el manejo de tu casa al 100%.
6. No tienes jefe (que aceptémoslo, lo más probable es que sea odioso) ni horarios demasiado estrictos.
7. No te tienes que arreglar tanto.
8. Gastas menos. Increíble pero cierto, trabajar sale MUY caro.
9. Aprendes cosas nuevas todo el tiempo. Cocinar, coser, bordar, tejer, todo lo que sean manualidades y hasta mantenimiento del hogar.
10. Disfrutas de tu casa a todas horas del día, conoces cada sonido y a qué hora hay mejor luz y temperatura en cada cuarto.

CONTRAS

1. Ves a tus niños tooodo el día. No te pierdes de nada y eres la persona de la cual no se pueden separar día y noche.
2. No vas a otro lado que no sea el súper, la escuela, la clase de la tarde o (¡terror de terrores!) una fiesta infantil.
3. Mientras comes (con interrupciones cada minuto) es probable que "alguien" te pida que le limpies el culito de caca, o que tengas que cambiar un pañal.
4. Tienes que cocinar diario (y, en mayor o menor medida, lavar trastes).
5. Te afecta más cómo hace la asistente doméstica su trabajo.
6. No existe el receso de tus obligaciones.
7. Caer en la fodonguez es demasiado tentador... y la mayor parte del tiempo acabamos cayendo.
8. No tienes sueldo, ni reconocimiento personal (y esto, he de aceptarlo, es lo que máaaas me ha pesado).
9. TIENES que aprender a hacer un montón de cosas que ni te imaginabas cómo se hacían.
10. Estás en casa mucho tiempo sola con los niños, y cuando tienes contacto con otro ser humano, es con otra señora que está igual que tú y los temas inevitablemente son: los niños y lo alto de los precios del mercado.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Treinta y seis entrados en cuarenta.




Todos tenemos un "scary number". Esa edad a la que no quisiéramos llegar. Para algunos son los 30, para otros, los 40. No sé por qué pero yo nunca he sido de cifras cerradas. La crisis de los 30 me dio a los 28, y se me pasó exactamente el día que cumplí 29.

Los 40 nunca me han intimidado, pienso que si ya los cumpliste lo peor ya pasó, o algo así. El número que siempre he percibido incómodo es el 36, y mañana los cumplo.

Fuck, I'm old.

Será esa idea de que el .6 se redondea para arriba. Será que hasta 35 uno todavía se puede hacer la idea de que está en los early thirties. No lo sé. La cuestión es que en este momento estoy de frente al numerito y me doy cuenta de que ya me da igual.

Vaya, ya sé que es una conclusión obvia y un tanto estúpida, pero ahora me queda más claro que nunca: sí, la edad sólo es un número. Todo lo que cargan esas decenas de miles de días se me nota hace ya tiempo. Ya no soy una jovencita, y qué bueno. La juventud está llena de ansiedad (como si necesitara más de la que mi personalidad ya me adjudica) e incertidumbre. Aunque quizás los que me rodean opinen lo contrario, siento que estoy alcanzando cierta estabilidad emocional y creo que estoy empezando a dominar el "a ver qué pasa". Y no sólo eso. Me alegro mucho de darme cuenta que sigo teniendo capacidad de asombro y de aprendizaje. En los últimos tres años he asimilado y aplicado a la vida práctica más cosas que en los veinte anteriores. Y lo mejor de todo, la mayor parte de las veces, lo estoy gozando.

En esta etapa en la que estoy poniendo mis mejor esfuerzo porque la cotidianeidad sea de lo más disfrutable (no solo para mí, sino sobre todo para mis niños) y que la presencia le gane a la histeria imparable de la mente, de pronto me doy cuenta que, de mi "jueventud" tengo poquísimos recuerdos de los días comunes. No me acuerdo cómo eran las mañanas antes de ir a la escuela, ni los desayunos; tampoco la hora de la comida y ni siquiera estoy segura de que haya hecho las todas tareas que tenía que hacer, porque en verdad que no me viene a la mente esa tortura que todos dicen que eran los kilométricos deberes que dejaban en la laureadísima (pfff) escuela en la que me inscribieron mis padres.

Me acuerdo, por supuesto, de las ocasiones extraordinarias. Pero hay mil detalles que ya nunca sabré. Jamás le pregunté a mi madre, por ejemplo, cómo fue el día de mi nacimiento. Sólo sé que nací "sola" (o sea, sin ayuda médica, de parto natural y a los pocos minutos de haber llegado al hospital) y que mi madre le hizo repetirle a mi padre varias veces que había sido niña porque ella, con las anestesias quasi veterinarias que les ponían a las señoras tras parir, no recordaba qué había tenido y hasta antes de ese día siempre pensaron que tendrían un varón.

Total que en este gran espacio en blanco que tengo en la crónica de mi vida, me doy cuenta que hoy, por fin, me estoy convirtiendo en una memoria con patas. Que seré la típica señora que repite las mismas anécdotas de su vida mil veces porque esos son sus recuerdos más preciados y que es justo ahora, que empiezo a recolectar historias. ¿No es esa razón suficiente para amar esta edad?

Eso y que, con todo y mis canas y las pocas ganas que le echo a mi look desde que soy mamá, y a pesar de traer a cuestas a dos chamacos todo el día, mucho desconocido me sigue llamando "señorita", así que algo de mocedad debo seguir reflejando.

Feliz cumpleaños a mí. El último que me queda antes de cambiar oficialmente de estado civil, por cierto. Defendí mi soltería hasta el final de mi juventud. Mi madre estaría muy orgullosa de mí.

miércoles, 20 de junio de 2012

No se olvide de sonreir entre las contracciones



Ah, el parto. Cuántas maneras de nacer, cuántas anécdotas alrededor del tema. Hablar de un nacimiento siempre resulta interesante: no hay una historia igual que otra y son momentos de tanta presencia que hasta al más burdo narrador le sale una crónica fascinante. O quizás es mi cursilería de madre, pero así lo he llegado a percibir.

El embarazo y el parto, así como los recién nacidos, son algo tan precioso en toda la extensión de la palabra, que dan ganas de congelar el tiempo, las sensaciones y los recuerdos. Entonces nos engolosinamos con las cámaras: las de foto y las de video por igual. Cada vez es más sencillo. Basta con alcanzar el teléfono móvil para capturar un momento irrepetible.

El único problema es que, ni las cámaras son tan buenas, ni nosotros tan diestros como para sacar tomas únicas. La mayoría no somos tan exigentes con eso, pero hay quien no acepta menos que una foto profesional para registrar los momentos más importantes de la vida. Por eso ahora está empezando una moda de llevar a un fotógrafo al parto. Lo leí aquí y la verdad no me sorprendió tanto. Como dice en alguna parte del texto, hay una creciente necesidad por documentar la vida con imágenes dignas de una revista (y, esto lo agrego yo, por llevar así la vida en general). Si bien el resultado pudiera ser precioso y, como en los eventos más importantes de la vida, es mejor dejar esos detalles a alguien más, personalmente opto por las imágenes amateur y eventualmente recurro a aquellas que se quedaron en la memoria. No hay instantánea que se compare a vivir el momento.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Tú y yo en la jaula de los monos.


A pesar de que tenía tan solo 2 años, conservo recuerdos del viaje en el que se tomó la foto que ilustra este post. Y tengo la convicción de que es así porque fue entonces cuando por primera vez me enfrenté de manera conciente a muchas cosas que me atemorizaron, como meterme a la "jaula de los monos". Si logré superar varias crisis (como perder mi almohadita de seguridad minutos antes de subir al avión de vuelta a casa), fue porque ahí estaba mi mamá, acompañándome y sonriendo; intentando convencerme, como lo haría en muchas otras ocasiones, de que no importa cuán aterrador sea el panorama que tengamos enfrente, "no pasa nada".

Mañana se celebra a las madres, pero hace muchos días de esos que mi mamá no está con nosotros, tantos que ya perdí la cuenta. Son más de diez años, menos de 15, pero ese dato en realidad no importa.

Hasta antes de ese nefasto 15 de noviembre, por mi cabeza nunca cruzó que yo fuera a ser una persona que un día no tuviera mamá. En mi mundo rosa ese tema era como de ficción, no podía ser algo para nosotras. Y menos siendo tan jovenes las dos (ella tres días de haber cumplido 46; yo tenía 22, 2 meses y 2 días). Nuestra relación era tan intensa y tan rica (en todos los sentidos) que en mi imaginación nunca hubo un escenario en el que ella no fuera parte central. Pero de pronto ya no estaba, y tuve que aprender a ser yo sin ella, y no fue sencillo, pero al final, lo logré.

O eso pensaba hasta que me convertí en madre, hace poco más de cuatro años. Entonces volvieron a surgir un mundo de dudas y empecé a referirme a su figura más que nunca. Me di cuenta de cuántas cosas jamás le pregunté y cuántas dudas más que solo ella me hubiera podido despejar se me van a seguir presentando en los años que me queden de vida. Se volvió evidente que no hay manera ya de saber qué hubiera respondido, o cómo sería todo si ella siguiera aquí.

Quien la conoció bien me dice que hubiera sido una abuela amorosísima, consentidora y orgullosísima de sus nietos, y yo nada más no lo puedo imaginar, simplemente porque era tan joven cuando dejó este mundo que, ni yo estaba en edad de pensarme como madre, ni a ella como abuelita. Este noviembre cumpliría 60 y nadie quiere (ni puede) visualizar cómo luciría y actuaría ahora.

Una querida amiga perdió a su mamá el año pasado. Cuando fui al velorio me abrazó y me preguntó "¿Cómo le hiciste?". Me encongí de hombros y musité alguna tontería que ahora no recuerdo. Meses después mi amiga me dijo: "Me caga no tener mamá". No lo pudo haber dicho mejor. Yo siempre lo había sentido, pero nunca lo definí de manera tan precisa. Da mucho miedo y más coraje (enojo, pues) tener andar por ahí sin esa protección, sin esa referencia, sintiendo que te arrancaron la raíz, que perdiste toda tu fortaleza.

No importa cuándo se vayan ni de cuánto amor se esté rodeada, la cicatriz que queda no se disimula con nada. Tampoco se puede pensar que por ser ya "mayores de edad" se hace más fácil. No. Jamás puede ser ni remotamente sencillo, y siempre hubiéramos querido un poco más, que "por lo menos...", algo. Mi más grande reclamo al destino en este sentido es que Alicia no conociera a mis niños. Si bien me hubiera encantado que viera que trabajé en revistas (una pasión que ella me inculcó indirectamente), que viví sola, que me enamoré de (y logré enamorar a) un gran hombre, y una larga lista de etcéteras, lo que más me puede es que nunca haya visto la caritas de Joaquín y de Álvar... que nunca los haya cargado, que sea la abuelita que está en el cielo desde muchos años antes de que ellos nacieran.

Y sin embargo (siempre tiene que haber un sin embargo que nos devuelva la esperanza), hay un consuelo muy grande en la dolorosa experiencia de ser madre sin tener ya a la propia. Hace un par de semanas, otra amiga que también perdió a su mamá hace poco más de dos años (un par de meses antes de su boda), me preguntó cómo se vive la maternidad desde la orfandad. No le mentí: le confesé que era lo que más me había removido la tristeza y que mis días de llanto en la depresión postparto (en ambas ocasiones) tuvieron mucho que ver con el miedo a pensar que un día yo también dejaré a mis hijos a su suerte- y vaya si es un pensamiento aterrador cuando tienes un recién nacido entre los brazos. Pero también le dije que es precisamente la experiencia de ser madre lo que me ha acercado más, y por mucho, a ella. A su ser, a su esencia, a su perfección dentro de los límites humanos. Al final, al faltar, la relación con ellas se vuelve un eterna reconciliación a la que ya no se le suman más disputas, y entonces todo lo que hacemos es un gran tributo a ellas.

Feliz día, mamá. En mi cabeza y en mi corazón siempre seremos tú y yo en la jaula de los monos.

miércoles, 11 de enero de 2012

El orden del caos


No me da pena admitir que nunca he sido ordenada. Algún tipo de mito dicta que todas las housewives deben serlo, pero tengo la convicción de que con eso se nace, y yo no nací así. Sospecho que es un hábito que en ciertos casos se puede inculcar, pero mi madre no era una control freak (no para eso), aunque sí tenía la habilidad de saber siempre en dónde estaba algo (en una casa habitada por ocho personas).

Hasta antes de ser ama de casa, siempre había tenido todo bajo control: mi ropa y accesorios perfectamente localizados (en alguna época hasta tuve mi guardarropa acomodada por colores), libros y discos clasificados, mi escritorio de la oficina relativamente estructurado, y era eso y poco más lo que debía mantener organizado.

Sin embargo, cuando nació mi primer hijo me empecé a perder entre los objetos, y yo culpaba al espacio el cual, argumentaba, era apenas suficiente para dos personas y que se estaba estirando para albergar a tres (y en donde el recién llegado habiendo traído con él más tiliches que las pertenencias de sus dos padres juntos). Las cosas se instalaban en montoncitos por todos lados y así, ¿quién podía seguirles la pista?

El pretexto de la falta de cajones para mantener nuestras posesiones bien guardaditas y ubicadas se me terminó cuando nos mudamos una casa que, literal, nos queda grande. Y ahora todo se ve muy recogidito, sí, porque (todavía) hay espacio en los clósets, el reto es acordarse en dónde está algo. Además, desde que me volví una persona de movilidad reducida (con el embarazo), tuve menos capacidad física de estar arreglando repisas y ahora, con el pequeño aquí, lo que me falta es tiempo y lo que me sobra son cosas que brotan por doquier de manera caótica.

Creo que es normal. Las pertenencias a las que debo seguirle la pista son ahora de cuatro personas, no sólo de una, y una casa requiere más cachivaches que un escritorio de oficina o que un departamento. ¿O serán puros pretextos y de plano esto de tener todo acomodado no se me da? Porque no importa cuántas veces descombre un cajón, en un tiempo volverá a estar igual, o peor que antes. Ay, cómo temo escuchar de boca de mi marido (o de la mía incluso) un: "¿En dónde estará el --- ?".

Cada que abro una alacena, un clóset, un armario, siento que se me vienen las cosas encima. Además tengo extraviadas algunas prendas y otros artículos de primera necesidad y simplemente no puedo creer que esto suceda. La casa es grande, pero no es para tanto. ¿O serán que se fueron al lugar al que huyen los calcetines?

Esto me ha llevado a hacer lo que se conoce como "decluttering", muy sano para el espacio y para el alma. Es impresionante cuánta cosa guarda uno (a veces hasta basura) en pos de la nostalgia. Papeles, boletitos, latas caducas, ropa vieja que hace siglos no usamos, todo por falta de tiempo para revisar, porque nos recuerdan otra época, o por miedo a necesitarlo más adelante. Así que ahora la consigna será "a la basura sin piedad" y a ver si así logro deshacer esta maraña que me está ganando la batalla.

martes, 21 de diciembre de 2010

La invasión de los papelitos


A donde voltee, ahí están. En la barra de la cocina, dentro de mi bolsa, sobre el buró, en mi coche. Siempre hay al menos uno de ellos, aunque la mayoría de las veces aparecen en pares. Pareciera que es imposible deshacerse de todos de una vez por todas. Y es que no importa cuántos tire, al rato ya tendré al menos tres más. La mayoría son tickets del súper, mi segunda hogar, pero los hay de todo tipo: notitas, listas del súper... y claro, también los hay en formato grande y de varias páginas, como estados de cuenta de teléfono, de los teléfonos celulares, del servicio de televisión de paga, del gas, del agua, de la luz, de la tarjeta de crédito, recibos de la escuela de mi hijo, copias de recibos de honorarios ... y yo no sé por qué antes con meter todo en un cajón me era suficiente y ya no. Ahora tengo varias cajas subclasificadas en fólders y ni así logro encontrar nada cuando lo necesito. Hasta los gatos tienen sus documentos (sus carnets de vacunación, pues) y es en este escenario que no dejo de desear que todo un día sea paperless. Sin embargo, el papel nos da una sensación de seguridad, distinta. No sé, quizás tenga que ver con aquello de "papelito habla" o que la intangibilidad de los archivos digitales nos pone nerviosos, pero el caso es que nos seguimos llenando de papeles. Sin temor a equivocarme puedo asegurar que los más molestos son los chiquitos, esos que se pierden todo el tiempo y que tienen o podrían tener información reelevante. Los vouchers de compras hechas con tarjeta de crédito son especialmente irritantes y en un arranque de radicalidad he optado por tirarlos a la basura en cuanto llego a casa (a menos que se trate de importes fuertes). Con este tema dándome vueltas a la cabeza encontré este artículo de cómo volverse paperless pero, ¿cómo se supone que uno encuentre tiempo de ponerse a escanear todo si hay días que ni la cama me da tiempo de tender? Podría ponerme romántica y decir que si se va a matar un árbol, que sea para algo que valga la pena. Vaya, algo como imprimir una foto, diseñar una tarjeta postal o fabricar papelería personalizada para que la correspondencia y las buena costumbre de escribir una nota en ocasiones especiales no muera. Sin embargo creo que el día en el que nos libremos de los papelitos está lejano, así que nos queda más que irnos organizando y deshaciéndonos de los que van apareciendo sobre la marcha.

viernes, 13 de agosto de 2010

Los que Dios te mande


Hace poco más de una semana mi papá me regaló un librito. No era de poesía, ni de cuento, tampoco una novela. Si hubiera querido complacerme pudo obsequiarme alguno de los textos emblemáticos del Budismo o una bella edición de arquitectura, pero se trataba nada más y nada menos que de una selección de intitulada: Nombres para el bebé. El acto, que en otro momento me hubiera parecido inconcebible, no me sorprendió. A pesar de que mi padre fue el más reacio de los tres abuelos de mi niño en convertirse en la imagen de un adulto mayor al que un mocoso hace como quiere, la verdad es que no puede disimular que a él también se le cae la baba con su nieto. Y mi adorado y por demás directo progenitor sólo hizo evidente lo que todo el mundo está esperando, porque supuestamente es lo sigue: un hermanito para Quim. (Y no me hubiera sorprendido que el compilado se compusiese exclusivamente de nombres para niña, que es la segunda ansiosa expectativa de todos los miembros de ambas familias).
No puedo culpar a ninguna de las cientos de personas (incluidos familiares, amigos, amigos de los familiares, amigos de los amigos, vecinos, maestras, conocidos y desconocidos) que nos han hecho la indiscreta pregunta "¿Y el otro, para cuándo?". Mi hijo ya está bastante cerca de los 3 años, y la mayoría de los niños a su edad ya tienen un hermanito. Todo el mundo dice que lo mejor es tener uno tras otro, respetando apenas el periodo de lactancia del primero, pero yo no sé cómo lo logran. Nosotros (en este caso excepcional me atrevo a hablar por mi marido también), por múltiples razones, hasta ahora consideramos que ya es tiempo de pensar en el siguiente bebé. Y en cuanto la gente adivina nuestras intenciones, aparecen otra vez las miles de preguntas: ¿y por qué otro? ¿para cuándo? ¿sería el último o quieren otro más? ¿otra vez se esperarían tanto? ¿y si tienen otro niño, no se animan a buscar a la niña? ______ (llena el espacio con la pregunta que quiera, seguramente ha sido formulada o será hecha en el futuro).
Para mí la situación que se propicia cuando uno habla de tener hijos es tan absurda como la infinidad de investigaciones que se realizan al respecto, algunas de las cuales estuve leyendo en línea. Existen aquellas que quieren encontrar una relación proporcional de la cantidad de hijos que una pesona o pareja tiene con los niveles de felicidad a la que puede aspirar la misma; las que infieren que, después de que tienes uno, más te vale tener todos los que se te antojen porque entre más, mejor (y también porque, de todos modos, habiendo tenido uno ya te cambió la vida); los que aseguran que tener hijos no te hará más feliz, sino todo lo contrario; los que hablan de lo poco eco friendly que es tener uno o más niños; los que advierten los terribles riesgos del síndrome del hijo único; los que niegan la existencia del mismo; etc., etc., etc. ad nauseam. La verdad es que todo esto me parecen patrañas, y si hay algo cierto que se puede concluir de todo lo anterior es que pensar en tanto factor sólo refleja nuestro egocentrismo: creemos que podemos controlar todas las situaciones, inclusive la de la procreación, cuando no hay algo más azaroso y divino (en toda la extensión de la palabra) que la concepción de un bebé. Sí, claro, hay quienes lo logran y tienen los que quieren, cuando los quieren y hasta del sexo que los querían. Sin embargo también existen millones de historias de los que no querían hijos y tienen uno o varios; de los que querían al menos uno y no pudieron; de los que querían, no podían, adoptaron y luego lograron embarazarse; de los que querían cinco y sólo pudieron tener uno; de los que sólo querían dos y tuvieron cinco; de los que querían tres y después del segundo decidieron "cerrar definitivamente la fábrica"; de los que no sabían ni lo que querían y tuvieron uno por casualidad en edades que ya no se suponen propicias para la reproducción; de los que después de que obtuvieron la parejita con la que soñaban, se intervinieron quirúrgicamente y de todos modos recibieron la visita de la cigüeña tiempo después; y así, agreguen la combinación de factores que más les guste o la historia más peculiar que conozcan. La realidad es que uno puede planear todo lo que quiera, pero al final no hay nada más cierto que se tienen los que Dios (o el destino, o como quieran llamarle) nos manda. Y querer hacer responsables a nuestros hijos (nacidos o potenciales) de nuestra plenitud o desgracia, de cargos de conciencia varios, de preocupaciones económicas o sociales o de la destrucción del planeta, es por demás absurdo y poco zen (siendo el Zen por antonomasia la tradición budista de la intuición y la espontaneidad). Uno tiene hijos cuando le toca y porque quiere y/o puede y ya, ¿no les parece lo único que se puede deducir después de todo lo anterior? Así que al final el regalo de mi padre (que tuvo seis hijos y a sus 77 años tiene un solo nieto) puede llegar a ser útil pronto, en varios años más, en una o varias ocasiones, o podría quedarse eternamente guardado en un cajón, pero eso no lo podemos saber ni planear. De todos modos se lo agradezco mucho porque si llego a tener otro varón, vaya que lo voy a necesitar.

jueves, 5 de agosto de 2010

Yo quería un Mini Cooper



Me gusta pensar que mi vehículo es un Jeep y no una camioneta de señora, pero la verdad es que tiene más de mamá van que de furgón para emprender una aventura todoterreno. En apariencia es bastante relajada, vaya, no es una de estas de tres hileras para nueve pasajeros; pero todo es asomarse un poquito para darse cuenta que esas cuatro ruedas transportan a una madre de familia y todo lo que la misma lleva a cuestas.
Yo no quería una SUV, yo soñaba con uno de esos coches que son tan chiquitos que llevan el adjetivo en el nombre. Uno de esos automóviles que hacen ver joven a cualquiera que lo conduzca. Desde que supe de la existencia de esas monadas me puse como meta poseer uno algún día, y estuve a punto de adquirirlo, pues en ese entonces yo aún no tenía a mi hijo. Lo que me hizo reconsiderar la compra fue el hecho de que, para llegar y regresar de la oficina, debía tomar escabrosas rutas que se tornan aún más ásperas en la temporada de lluvias. En el peor de los escenarios (mi integridad física aparte), mi carro miniatura ultradiseñado se vería muy poco cool arrastrado camino abajo por la corriente o enclavado en un bache.
Fue entonces que mi vista saltó al otro extremo de las escala de coches, y acabé comprando una camioneta. Ahora me alegro muchísimo de haber tomado esa decisión, pues a los pocos meses estaba embarazada y no sé en dónde hubiera metido la carriola, la silla del bebé, mi bolsa, la pañalera, las bolsas del súper y eventualmente a uno que otro pasajero. Y luego mi marido me pregunta que por qué en el piso de mi coche se pueden encontrar todo tipo de objetos, que van desde un caramelo chupado y derretido por el sol, hasta cáscaras de pistache, envolturas de lo que sea y papelitos varios. Es en verdad de no creerse que alguien que, como yo, padece la obsesión de andar limpiando y levantando todo a su paso, sea la dueña de una camioneta de vestiduras pringosas. Sin embargo, la explicación es muy sencilla: no me da tiempo de llevarlo a lavar y aspirar cada tercer día y mi coche es el auto "familiar', el que se usa para todo, al que se sube todo el mundo, en pocas palabras, el de batalla. Además, en este momento mi prioridad ya no es manejar un objeto de deseo. Ya me resigné a que tendré un minúsculo deportivo cuando mi(s) hijo(s) ya no necesiten ni sillas ni carriolas. Por lo pronto ahí está el coche de mi esposo, en el que siempre podemos contar para sentirnos otra vez jóvenes, solteros y compactos.

martes, 3 de agosto de 2010

Mamá (y papá) Van



Aperitivo antes del plato fuerte del viernes: el post que hablará sobre mi camioneta de mamá.

miércoles, 28 de julio de 2010

El que no tenga memoria, que se haga una de papel.



Nunca me he valido de una agenda para seguirle la pista al transcurrir de la vida. Jamás he rellenado los apartados alfabéticos con los datos de mis conocidos, y es raro que me tome la molestia de apuntar una cita o un pendiente. Si llego a hacerlo, no acudiré o resolveré el asunto en cuestión por haberlo visto escrito en una página, porque no tengo el hábito de revisar una libreta. Siempre he confiado en mi memoria, ese sistema mental que hace relaciones numéricas y encuentra referencias que sólo tienen sentido para mi cabecita loca, ese tía regañona que sirve como una especie de alarma de despertador que recuerda eventos importantes. Ese cascabelito que siempre había evitado que me olvidara de cumpleaños, fechas de pago y, antes de que dependiéramos de las agendas de los celulares y de la opción de discado automático, también de los números telefónicos de cualquier persona a la que le tuviera que marcar más de una vez.
Me gustaba pensar que aprendía las cosas tal cual reza la expresión en inglés by heart, es decir, que retenía la información no con la cerebro, sino con el corazón. Para que lo anterior no se entienda como cursilería, lo que quiero implicar es que recordaba asuntos por gusto y no por obligación.
Estoy refiriéndome a tal cualidad en tiempo pasado pues los últimos días he sentido que estoy perdiendo esa facultad. Con esto de que "ahora soy mi propia empresa", que vivo en una casa de la que soy la principal responsable, y que cuido de otra existencia (pequeñita en dimensiones pero enorme en significación), estoy empezando a pensar que es hora de cargar con un cuadernito para anotar todo lo que no debo pasar por alto. (Y sí, quiero papel y tinta. Mi móbil tiene una aplicación para cualquier menester de este tipo, pero por alguna razón, ni la lista del súper me gusta elaborar ahí.)
Atribuyo mi incipiente pérdida de memoria no sólo a mis múltiples ocupaciones. Quiero creer que es también porque estoy estoy iniciándome en el ejercicio de utilizar mi capacidad craneana para almacenar sensaciones y no datos.
Estaba dándole vueltas a mi teoría cuando me topé con esta nota, que no sólo habla de la ventaja de documentar la vida para fines prácticos sino también como referencia biográfica. Resulta que escribir las cosas es muy recomendable y, como apunta de manera metafórica, ayuda a aliviar nuestra "memoria RAM" y así bajan nuestros niveles de estrés.
La vida es aquí y ahora, y si transitando por ella voy a cargar con algo, prefiero que sean experiencias, imágenes y nociones, no datos y números. Que esos últimos se queden en el papel para cuando los neesite, que yo prefiero andar más livianita por ahí.

lunes, 12 de julio de 2010

Como relojito.



A unos cuantos meses de haberse convertido en madre y ama de casa, una amiga que fuera directora de arte de dos de las más prestigiadas revistas femeninas en México, me dijo que un cierre editorial se podía considerar una tarea simple comparada con el acto de llenar una pañalera. Por supuesto que no le creí y pensé que era una exagerada, pero le dí por su lado para que no se sintiera incomprendida (ya bastante mal la estaba pasando la pobre con el proceso de adaptación). Bueno, pues ahora no sólo le creo, sino que he comprobado en cuerpo y alma su teoría. No es porque nunca haya logrado salir sin olvidar echar algo a la pañalera, es sobretodo porque no logro desentrañar el orden que debe llevar una jefa de hogar. Ya sé, ya sé. Me lo han dicho infinidad de veces. Para que todo esto sea más fácil lo único que tengo que hacer es organizarme. Lo que sí necesito es que alguien me diga cómo se hace eso, pues llevo más de año y medio intentándolo y todavía no he descifrado el sistema. Yo solía llevarle el pulso a un equipo laboral, mes con mes triunfaba en la faena que representa que todos los colaboradores externos entreguen su trabajo puntualmente, veía porque se cumplieran a rajatabla con los calendarios, era rarísima la vez que mi equipo y yo dejábamos la oficina después de la hora de salida, nunca me pasé ni un peso del presupuesto establecido y no es por alardear, pero en más de una ocasión ganamos premios en nuestro ramo... En resumen, el proyecto profesional que tenía a mi cargo marchaba "como relojito". Sólo que eso era pan comido comparado a lo que tengo que calcular ahora: precios fluctuantes de los alimentos, altas sumas injustificadas en los recibos de los servicios, ausencias imprevistas del personal doméstico, incumplimentos por parte de cualquier prestador de servicios, solicitudes repentinas para las actividades de la escuela del niño, no poder mandar al querubín a clases por algún síntoma sospechoso, encargos laborales de hoy-para-mañana, y demás eventualidades que en verdad encuentro dificilísimo (como decía Silvia Pinal en la película El inocente) controlar.
Me he acercado a las expertas, he consultado bibliografía, en resumen, he realizado investigación en general. Les voy a ahorrar berrinches y les voy confiar lo que he descubierto: Nadie parece tener un plan que comprenda más de 24 horas, y el mismo se tiene que hacer a las 6,30 (a más tardar 7) a.m. del mismo día. Ponerse metas a cumplir en rangos de 15 a 20 minutos también me funciona, pero estén advertidas: ni siquiera así hay la garantía de que todo saldrá como esperaban. Algunos aspectos (como citas con el doctor o hacer una visita social) se pueden manejar en términos semanales, y sólo las vacaciones se pueden preveer de 1 a 3 veces al año (si se tiene suerte). Pero no más. Y entonces me doy cuenta. Claro, así es. Estar en casa es tan impredecible como la vida misma. Esto no es una revista.

miércoles, 7 de julio de 2010

Soy un cliché



Todas nos sentimos únicas y en cierto sentido lo somos, pero no hay que creérsela. Así que empezaré por poner el ejemplo y lo admitiré de una vez por todas: soy un cliché. Si se asoman a mi bolsa encontrarán una lista del súper, un carrito de mi niño, tickets de compras y un estuche "de cosméticos" cuyo contenido se ha reducido a un espejito, una lima y un bálsamo para labios. Nunca sé en dónde dejé mi cartera. Voy al mercado, compro flores para mi casa. Comento el precio del jitomate bola con quien se deje. Me emociono cuando me topo con un accesorio de cocina lindo, o con esa espátula que tanta falta me hacía y que no había encontrado en ningún lado. Siento ganas de llorar cuando no me sale el arroz. Me encanta la ropa, los zapatos, los lentes y las bolsas. Hace mucho que no me hago un corte de pelo atrevido porque ni tiempo tengo para peinármelo. Tengo un hijo y quiero otro (y quién sabe, quizás otro más). Tuve una carrera ascendente y ahora "freelanceo" exclusivamente dentro del horario y calendario escolar (o por las noches). Cuando no estoy saturada de pendientes, hago galletas para amenizar una tarde. Leo apenas un par de páginas del libro en turno antes de quedarme dormida. ¿Podría ser más común? Y lo más aterrador de todo es que -detalles más, detalles menos-, mi historia es la misma que la de mi madre y que la de mi abuela, y que la de mi bisabuela ... eso no sólo anula cualquier atisbo de originalidad con el que pude soñar, sino que me convierte en un lugar común histórico. Así me ven muchos y lo mismo aplica para ustedes, señoras. Algún día nuestras hijas e hijos nos considerarán un grano de arena más de ese desierto que forma la idea de las amas de casa, como una figura aburridísima y triste, deprimida y abnedgada, pero eso no importa. Sólo nosotras podemos saber lo disfrutable y magnífico que es ser parte de este cliché.

martes, 6 de julio de 2010

"Señito"


La vida me ha dado indicios de que no me tengo que preocupar más por cómo se dirige a mí la gente. Pareciera que "Señora" o "señorita" no se aplica a alguien con mi descripción o características y que nada me define mejor que "Señito". Con lo que me molestan los diminutivos. En verdad, a muchas las hará sentir mayores y se indignarán como si las hubieran insultado, pero yo prefiero que me digan Señora. El "señito" lo entendí como queriendo hacer alusión a que soy una madre y ama de casa joven, pero resulta que no necesariamente lo pronunciaron con esa intención. Qué dilema. Como si una no tuviera ya bastantes problemas de identidad.

viernes, 2 de julio de 2010

Enfermedad congénita degenerativa


Sufro de una espantosa condición y me temo que es irreversible. Estoy desarrollando ese mal exclusivamente femenino que padecen algunas desde muy jóvenes, aunque también puede presentarse en la edad adulta. Nunca antes había presentado síntomas: me ha venido a partir de esta metamorfosis en la cual llevo ya casi año y medio. He pasado a ser parte del clan de mujeres que no pueden dejar de limpiar. Y no hablo de lavar trastes, ni de trapear (Dios me libre de que algún día me pase eso), sino que no puedo parar de intentar poner orden.
Si estoy en mi casa, parece que me prendieron un radar para detectar objetos que están fuera de su lugar. Recojo trastes, mamilas, juguetes, clasifico papeles. Acomodo las cosas de un cajón o reorganizo la alacena. Regreso todo "a donde va", porque de otra manera cuando se necesite no lo encontraré (y si yo no lo ubico, nadie más en esta casa será capaz de hacerlo). Además porque si no lo hiciera así, (léase con voz de mamá sufrida) ¡esta casa sería un chiquero!, en donde nadie encontraría donde posar su vaso o plantar su pie para dar paso. Hasta aquí sonaría una obsesión que si no lo ven con ojos de psicoanalista, puede ser bastante razonable: al ser mi hogar también mi lugar de trabajo, necesito extremar precauciones. Porque si en los escasos (¿qué serían, 5?) metros cuadrados de los que disponía en la oficina donde solía trabajar nunca encontraba nada, imagínense en la inmensidad de mi casa. Lo terrible es que he llevado esta conducta al extremo de una molesta enfermedad: me he descubierto poniendo orden en lugares como restaurantes, hoteles o casas ajenas. ¿Ya saben? Ya soy como esas señoras que atosigan, que no dejan a nadie estar en paz en una reunión porque están levantando los trastes antes de que uno acabe de comer. Que alguien me detenga. Lo digo en serio. No quiero llegar a ser como esas tías o mamás que tienden la cama en el hotel. De alguna manera ya formo parte ese grupo al levantar las migajas que tira mi niño por donde va pasando. ¿Qué sigue? ¿Una aspiradora cuca que combine con mi outfit para cargarla a donde vaya? Y luego una acaba prefiriendo electrodomésticos por sobre bolsos o zapatos, qué horror.

jueves, 24 de junio de 2010

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...


Cuando una se dedica a su casa, parece caerle encima todo el peso del sentimiento más enfadoso de la tradición judeocristiana - por eso yo ya me estoy interesando por el budismo, en el que tal concepto no existe: la culpa.
Sintiéndonos bajo la lupa de las leyes de este dios moderno al que llamamos sociedad, los motivos para experimientar remordimientos de conciencia son múltiples y las manifestaciones ominipresentes: en el aspecto económico, (porque no estamos administrando el gasto familiar tan bien como podríamos), en el de la alimentación (porque no estamos cocinando y/o comiendo tan sano como deberíamos), en el emotivo (porque nuestras múltiples responsabilidades no nos dejan pasar suficiente tiempo de calidad con el marido, los hijos, los padres, los hermanos o las amigas), en el físico (porque no estamos haciendo ejercicio o descansado lo suficiente para rendir mejor), en el higiénico (porque no estamos comprando los productos de limpieza más esterilizantes del mercado), en el social (porque estamos haciendo otras cosas mientras otra pobre mujer nos ayuda con la limpieza del hogar), en la educación (porque dudamos de estar formando a nuestros hijos "perfectamente"), en lo profesional (porque "¿En dónde quedó mi carrera?"), y así la lista puede seguir unos cuantos renglones más, pero creo que ya tengo un punto.
Quizá (sólo quizá), yo soy la única ama de casa neurótica que experimenta esto, pero sospecho que no. Y es que es sólo natural que pongamos tanto interés y preocupación en lo que hacemos, que suframos mucho más intensamente cualquier inquietud que pudiésemos haber llegado a sentir al realizar algún proyecto en el ámbito laboral: ahora es nuestra vida, nuestra familia, nuestra casa lo que está en juego.
Lo gracioso es que ninguna de nuestra decisiones puede tener repercusiones tan rotundas como imaginamos pero si no nos preocupásemos, ¿qué tipo de ama de casa seríamos? Una jefa de hogar relajada, pero a esas generalmente se les llama "fodongas" y ninguna de nosotras quiere ser tachada de tal cosa.
Pareciera que nunca estamos conformes. Si estamos tiempo completo en una oficina la culpa se presenta por sentir descuidamos la casa y la familia. Si nos dedicamos únicamente al hogar y a los niños ni el esfuerzo más grande y mejor intencionado es suficiente, y el desasosiego aprovecha cualquier huequito para instalarse. El estudio linkeado arriba sugiere que una posible solución son medias jornadas, pero sé de buena fuente que no es así. Lo mejor es no tomarse tan en serio el papel, jugar a que todo lo hacemos De entrada por salida y disfrutar los beneficios de ser multifacéticas. ¡Ya hubieran querido tanta versatilidad nuestras abuelas!

lunes, 21 de junio de 2010

El libro


Aquí les dejo la dirección correcta del libro al que hice referencia en mi text Pare de sufrir en vista de que cometí un error y cuando querían verlo las enviaba a la imagen del post. El libro se llama:

Happy Housewives: I Was a Whining, Miserable, Desperate Housewife--But I Finally Snapped Out of It...You Can, Too! de Darla Shine.

y se puede leer en este link en versión PDF. ¡La maravilla de estos tiempos!