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jueves, 24 de junio de 2010
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa...
Cuando una se dedica a su casa, parece caerle encima todo el peso del sentimiento más enfadoso de la tradición judeocristiana - por eso yo ya me estoy interesando por el budismo, en el que tal concepto no existe: la culpa.
Sintiéndonos bajo la lupa de las leyes de este dios moderno al que llamamos sociedad, los motivos para experimientar remordimientos de conciencia son múltiples y las manifestaciones ominipresentes: en el aspecto económico, (porque no estamos administrando el gasto familiar tan bien como podríamos), en el de la alimentación (porque no estamos cocinando y/o comiendo tan sano como deberíamos), en el emotivo (porque nuestras múltiples responsabilidades no nos dejan pasar suficiente tiempo de calidad con el marido, los hijos, los padres, los hermanos o las amigas), en el físico (porque no estamos haciendo ejercicio o descansado lo suficiente para rendir mejor), en el higiénico (porque no estamos comprando los productos de limpieza más esterilizantes del mercado), en el social (porque estamos haciendo otras cosas mientras otra pobre mujer nos ayuda con la limpieza del hogar), en la educación (porque dudamos de estar formando a nuestros hijos "perfectamente"), en lo profesional (porque "¿En dónde quedó mi carrera?"), y así la lista puede seguir unos cuantos renglones más, pero creo que ya tengo un punto.
Quizá (sólo quizá), yo soy la única ama de casa neurótica que experimenta esto, pero sospecho que no. Y es que es sólo natural que pongamos tanto interés y preocupación en lo que hacemos, que suframos mucho más intensamente cualquier inquietud que pudiésemos haber llegado a sentir al realizar algún proyecto en el ámbito laboral: ahora es nuestra vida, nuestra familia, nuestra casa lo que está en juego.
Lo gracioso es que ninguna de nuestra decisiones puede tener repercusiones tan rotundas como imaginamos pero si no nos preocupásemos, ¿qué tipo de ama de casa seríamos? Una jefa de hogar relajada, pero a esas generalmente se les llama "fodongas" y ninguna de nosotras quiere ser tachada de tal cosa.
Pareciera que nunca estamos conformes. Si estamos tiempo completo en una oficina la culpa se presenta por sentir descuidamos la casa y la familia. Si nos dedicamos únicamente al hogar y a los niños ni el esfuerzo más grande y mejor intencionado es suficiente, y el desasosiego aprovecha cualquier huequito para instalarse. El estudio linkeado arriba sugiere que una posible solución son medias jornadas, pero sé de buena fuente que no es así. Lo mejor es no tomarse tan en serio el papel, jugar a que todo lo hacemos De entrada por salida y disfrutar los beneficios de ser multifacéticas. ¡Ya hubieran querido tanta versatilidad nuestras abuelas!
lunes, 19 de abril de 2010
Nos vamos de pinta
O como dicen en España "haremos pellas". En inglés se dice "to skip school" y en francés "faire l'école buissonnière". Cada cultura tiene una manera de nombrarlo porque resulta que todos se nos ha ocurrido en una o en otra ocasión. Son las 9 am de un lunes, mi niño duerme plácidamente, y mientras él debería estar en su escuelita y yo en el coche de regreso en camino al mercado o simil, estoy disfrutando un chai latte light casero frente a mi computadora. Me siento obligada a aclarar que esto no es algo que esté acostumbrada a hacer (ni ahora ni de niña), y que no fue una decisión tomada en mi beneficio. Eso no significa que no lo esté disfrutando. Dormí unos minutos más (quizás cerca de una hora) de lo acostumbrado, me ahorré 4 viajes al kinder y tendré la divertidísima compañía de mi pequeño koala durante todo el día. Sin embargo, los motivos anteriores no fueron los que me hicieron decidir que hoy romperíamos la rutina. Si me rigiera por este tipo de impulsos, nunca lo llevería a la escuela. Lo que sucedió es que el pequeño torbellino ayer se acostó muy tarde por culpa de sus padres que lo llevaron de rumba y no me pareció justo desmañanarlo, apresurarlo, sacarlo al frío de la mañanita para por último amarrarlo en una silla durante 15 minutos, nada más para que su madre sintiera que estaba haciendo "lo que tenía que hacer".
Aquí es donde aprovecho para contar mi trauma infantil. A mí jamás me dejaron quedarme en casa sin motivo justo. No sé si mi madre pecaba de responsable o prefería mandarnos a la escuela sin falta porque permitirle eso a uno de nosotros significaba tener que hacer la misma concesión con los demás en edad escolar ,y eso resultaba en un día con 5 niños revoloteando por ahí. Supongo que esa fue la razón de que mis primeras "pintas" (aunque siempre avisando, qué ñoña soy) fueran ya de adolescente. Pero yo, que sólo tengo uno, que apenas va en maternal, que está tratando de recuperar el sueño que perdió ayer por culpa de sus "irresponsables padres que no le ponen límites", creo que le puedo dar permiso de volarse las clases, o de que, sólo por hoy, "haga la rabona" (Argentina).
No iremos a Chapultepec, tampoco al cine. Si tenemos suerte quizás entre la lista de resposabilidades que esta madre no puede eludir acaso encontremos un ratito para salir al jardín, pero eso sí, saborearemos juntos nuestra travesura. Las actividades de hoy serán inevitablemente divertidas sólo por el hecho de saber que es un lunes de clases para todo el mundo, pero no para nosotros.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Lo quiero, ¡lo necesito!
Que tire la primera piedra la que NUNCA se haya sentido tentado a comprar al menos uno de los productos que venden los infomerciales. Sus productos son muy originales; los mensajes que utilizan son tan insistentes, largos y repetitivos, que siempre acaban convenciendo a miles de personas. Entonces, ¿por qué sentirse avergonzada por ser una de muchas que han quedado hiponotizada frente a los comerciales de telemercadeo? Ahora, debo aclarar que si bien he sentido el impulso de querer adquirirlos, al final nunca lo he hecho. Cuando más cerca estuve de tomar el teléfono y marcar, fue al ver unas tapas que supuestamente se ajustan a cualquier recipiente, cerrándolos al vacío y manteniendo el contenido en buen estado por más tiempo.
Independientemente de la naturaleza del producto que haya llamado nuestra atención (los hay para la casa, para el arreglo personal, para hacer ejercicio, etc.), éste es un ejemplo perfecto de la "irresistible" promesa de este tipo de articulos: hacer tu vida "mejor", más ordenada, de manera sencilla y rápida. Entonces, ¿por qué no compré las tapas? Bueno, pues me puse a buscar información acerca de ellas, de cómo funcionaban realmente y si eran efectivas. Encontré un video en el que se "demostraba" que no servían. Quizás se trataba de una campaña de desprestigio, pero decidí no arriesgarme. Al final, es muy probable que sí devuelvan lo que se pagó, pero la desidia ante un trámite más en la vida puede ganar fácilmente y terminaría siendo dinero tirado a la basura. ¿Y saben qué? Vivo sin esas tapas y no me han hecho falta para nada. Más allá de la forma en que una propaganda llegue a nosotras, creo que el procedimiento antes mencionado es una forma inteligente de consumo. No comprar por impulso, investigar y comparar precios, pero sobre todo, analizar la necesidad real. Me parece una reflexión útil para esta época navideña. ¡Felices compras!
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Culpa yuppie
A veces me sorprendo a mí misma haciendo planes para no estar en casa el día que viene la señora que hace la limpieza. No es que no me guste convivir con ella, ni mucho menos. De hecho disfruto nuestras pláticas, saber qué pasa en su vida, con su familia e inclusive escuchar su consejo cuando se da el caso. Es sólo que me da un poco de pena el "no hacer nada" mientras ella realiza el trabajo doméstico.
Sé perfectamente que Margarita no ve mal que yo esté con mi hijo, o que me siente frente a la computadora mientras ella barre, aspira, trapea, etc. Mi culpa es algo que no puedo explicar.
Otra actitud que me he descubierto es que empiezo a lavar trastes o a recoger ropa un par de horas antes de que ella llegue. Algo así como las amas de casa de antaño que sacudían la casa a conciencia ante la visita inminente de la suegra que pasaba el dedo en busca de polvo.
Supongo que se trata de una especie de lucha por el territorio. Aunque a ninguna de las mujeres de mi generación nos guste hacer el "que hacer", el cederlo a alguien más es como donarle una parte de nuestras vidas. Precisamente el otro día una querida amiga me decía que odia no tener tiempo para organizar su casa, y que siente que la ama y señora de su hogar es la mujer que la ayuda con la limpieza. Es ella, y no mi amiga, la que decide qué productos y de qué forma se usan, por citar un ejemplo. Otra amiga me decía que no soporta tener muchacha de planta, que ella prefiere hacer la mayor parte del trabajo a sentir que hay "otra mujer" en la casa.
Total que ahora resulta que tener (o aceptar que necesitamos) ayuda nos incomoda. Extraño fenómeno, pero sucede. Yo creo que, como en todo, lo mejor y más complicado es un punto medio. Con todo lo "fodonga" que me pueda sentir, prefiero que alguien más lave los platos para que yo pueda pasar tiempo con mi hijo o seguir ejerciendo mi profesión. Eso le da más oportunidad a mi hijo de tener una mamá más contenta y dedicada a las cosas que sí disfruta (sean propias del hogar o no). Mucho mejor, ¿no creen?
miércoles, 28 de octubre de 2009
De Miranda a Charlotte en 9 meses
Hace casi diez años, una versión más joven e inexperta de mí cambiaba de canal un sábado por la noche en un zapping desesperado por encontrar algo que ver en la t.v. Fue entonces cuando me topé con un capítulo de la ahora icónica Sex and the City. En ese momento, la serie todavía no era conocida en nuestro país. Yo no sabía ni qué estaba viendo, pero algo de lo que brillaba en la pantalla me atrapó (seguramente el tono femenino, "irreverente" y divertido), e hizo que en la primera oportunidad adquiriera la primera temporada en DVD.
Como el 99.9% de la población femenina (no conozco a ninguna mujer que no le guste, pero seguramente existe), me volví fan incondicional. A los pocos días de mi hallazgo, el ortodoncista determinó que era necesario sacarme las cuatro muelas del juicio, y tomé la circunstancia como pretexto para correr a comprar la 2a temporada y encerrarme todo un fin de semana a ver el box set completito. Y así, varios meses y muchos cientos de dólares gastados después, la revisé una y otra vez hasta, literalmente, el hartazgo. Repasé tantas veces las líneas, diálogos y gestos de sus protagonistas, que ahora no puedo apreciar el melodrama sin ser hiper crítica. Sus conflictos ahora me parecen los de un grupo de adolescentes y sus interpretaciones, sobreactuadas.
Sin embargo, en ese entonces todas estábamos fascinadas con el show. Cuando Sex and the City se hizo popular entre las chicas de mi generación, mis amigas más cercanas aseguraban que yo era toda una Miranda: una fémina casada con su trabajo, práctica, con humor ácido y sin sentido del romance. Acepto que, de las cuatro, fue con la que más me identifiqué una vez que superé mi etapa Carrie (todas tenemos una época Carrie, no es casual que ella sea la protagonista). Mis íntimas señalaban que la pelirroja y yo compartíamos inclusive el mismo corte de pelo, que ambas vivíamos solas con un gato y cuando me embaracé aseguraron que tendría un niño (y atinaron, ya tengo mi pequeño Brady).
Lo que ninguna vio venir es que, 9 meses después de dejar de trabajar en una oficina, me convertiría en toda una Charlotte. Así es: hoy descubrí que, después del mismo periodo de gestación de un ser humano, he renacido en una mujer que disfruta muchísimo ser una stay at home mom, y que su prioridad es su familia. No voy a negar que pasé por una tremenda fase de desperate housewife al más puro estilo Lynette Scavo, tratando a toda costa de regresar a los grandes corporativos y sintiendo que en casa no estaba haciendo nada bien.
Eso sí, que quede bien claro que nunca seré tan cursi como Charlotte. A las "Mirandas" de nacimiento siempre se nos puede encontrar un poco de nuestra naturaleza sarcástica a flor de piel, pero eso nunca nos impedirá disfutar de una tarde horneando galletas.
jueves, 1 de octubre de 2009
Culpa calórica
Sigo sin poder bajar el último kilo (que para estas alturas ya deben ser tres). La última vez que fui a la nutrióloga, la secretaria no estaba y debía llamar al día siguiente para hacer cita... ya pasó más de un mes y todavía no lo hago. Mi "justificación" (que también puede ser llamado pretexto) es que no puedo vivir eternamente con la figura de la nutrióloga como un gendarme que me impongo de manera voluntaria. Estoy convencida de que tengo que lograrlo yo sola, que ya sé "qué sí" y "qué no" debo comer, y que hasta que no llegue a mi peso ideal y deba entrar en mantenimiento, no tiene caso que regrese.
Me está resultando un tormento esto de contar calorías. Además, mi carácter radical y de extremos no me deja ser flexible. Siento que si como algo fuera del régimen, ya se desperdiciaron todos mis esfuerzos, cuando en realidad no es así. Me lo dijo la nutrióloga, me dio la lista de equivalentes, pero qué complicado estar revisando las hojitas cada que quiero comer algo fuera del programa.
Estaba sufriendo con todo lo anterior cuando me acordé de una aplicación del iPhone que una amiga me recomendó hace unos meses. Se llama Lose it! y básicamente es un programa que ayuda a administrar el "presupuesto" diario de calorías. Trae una lista de alimentos de la que una marca qué y cuánto ha comido y se va sumando. Así es mucho más fácil contabilizar realmente lo que estamos consumiendo. Sin embargo, más que resultarme útil, me parece un método culpígeno. Apuntar las 15 calorías del 1/8 de plátano que me comí para no tirarlo porque lo dejó mi bebé, me parece demasiado. Yo sé que es sólo mi percepción, que esto es una herramienta utilísima, pero creo que no es para mí. Sé la solución: ¡Tengo que hacer ejercicio! ¿Tendré tiempo algún día?
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Cuidando mi reputación
Ayer twittée: "Por fin un día tranquilo, tengo que trabajar pero al menos no tengo que manejar". Y una amiga me puso en evidencia frente a todos mis followers:
-"@Dada13 siempre se queja de tener que trabajar".
Me hizo reir mucho y sonrojar un poco. No sabía que responder para reivindicarme, pues nunca me había dado cuenta de que fuera un lamento recurrente. Entonces le respondí:
-"Es que ya no es tan divertido como antes ;)".
Y es cierto. Si he expresado incomodidad no es porque sea floja. Tampoco porque me moleste lo que hago ahora. Sin embargo, antes era mucho más sencillo y divertido. Horario, lugar y métodos conocidos. Todo estaba puesto para hacer el trabajo cómodamente. Un gran escritorio, un equipo, colaboradores, es decir, toda la infraestructura de una enorme empresa respaldándome. Ahora yo tengo que encontrarme el tiempo de trabajar (que generalmente es de 6,00 a.m. a la hora que despierte mi bebé-ya-casi-niño, en la hora de su siesta, y de las 9,oo p.m. que se duerme hasta donde mi pobre cuerpo aguante).
Ya no tengo compañeros de trabajo con los cuales comentar los últimos acontecimientos de cualquier tema, ni voy a eventos, ni tengo un escritorio. Mi lugar de tabajo en mi mesa del antecomedor, y mis salidas se limitan a ir a dejar recibos, para lo cual hay que dar mínimo 4 vueltas a la ciudad pues tengo que ir a dejar a mi niño a algún lado para que me lo cuiden en lo que yo visito corporativos.
Y a pesar de la letanía anterior, reitero que no me estoy quejando. A cambio estoy con mi niño todo el día, no tengo que sufrir las peores horas de tráfico, ni vivo con el temor de quedar atrapada en Santa Fe por alguna inundación o caos vial. Me alimento de comida casera (mucho más sana y rica que el del comedor de una empresa o de un restaurante) y he aprendido muchas artes hogareñas.
En fin, este post tampoco es para glorificar la vida freelancera. Sólo intentaba limpiar un poco mi reputación virtual, que de pronto se me olvida que es casi hasta más importante que la real.
jueves, 24 de septiembre de 2009
T-r-e-i-n-t-a-y-t-r-e-s
Acabo de celebrar mi cumpleaños 33. Mi hermano mayor, en medio de una mini reunión que hice sólo con los familiares más allegados, me preguntó en un susurro casi inaudible "¿Cumples 33, verdad?". Le respondí en voz alta "Sí, cumplo TREINTA Y TRES", y alcancé a ver su gesto de incredulidad ante tal sinceridad y falta de tapujos.
Existe un estigma alrededor de la edad de las mujeres, como si entre más años hubiéramos vivido, perdiéramos algún tipo de valor. Recuerdo que cuando estaba en la universidad escuché horrorizada al amigo-del-novio-de-una-amiga decir que tener una novia de más de 25 era demodé . En otra ocasión una jefa que tuve me contó que su padre, desde que se divorció de su madre, tenía la costumbre de terminar con todas sus esposas (que han sido más de tres) cuando ellas llegaban a los 27 años.
Hay quien me regaña por decir mi edad. Aseguran que ahora no me molesta que los demás sepan cuántos años tengo, pero que en algún momento sucederá, y que si la gente tiene buena memoria, después me será imposible mentir. Jamás me ha preocupado aparentar ni más ni menos edad. Creo firmemente en el valor de cada etapa de la vida, y no encuentro razón para estar añorando el futuro ni suspirando por el pasado.
Curiosamente en medio de esta reflexión cumpleañera me encontré con esta nota, que marca episodios puntuales de la vida de las mujeres relacionados con los éxitos que han tenido. No sé cuántas féminas hayan utilizado de muestra para su estudio, pero me parece curioso que no me identifico con ninguno de los resultados que arrojó. Yo tuve la "crisis de los 30"a los 28, misma que terminó exactamente el día que cumplí 29. No puedo identificar un momento específico como "la cúspide de mi carrera", y con mis 33 años mis finanzas están peor que nunca en mi vida independiente. ¿Seré una rara? ¿Voy un año desfasada de las demás? ¿Significa eso que mi economía mejorará considerablemente a los 34? ¡Ojalá! Por lo pronto sigo esperando el momento ideal para hacer un festejo en grande, no lo hice a los 30, tampoco a los 33... ¿sucederá a los 35?
viernes, 14 de agosto de 2009
Accesorofilia
Algo así se llamaría el amor hacia los accesorios de cocina. Hace tiempo que tengo un affaire con ellos. Estoy perdidamente enamorada de su estética, de su funcionalidad, de cómo hacen la ya gratificante tarea de cocinar aún más agradable. Desde que acompañaba a mi madre a comprarlos, recuerdo pasar mucho tiempo admirando esos cachivaches, sin saber bien a bien para qué servía cada cosa, pero estando segura que quería uno de cada uno en mi cocina algún día. Cuando empecé a vivir sola, lo primero que compré para mi "departamento de soltera" no fueron floreros, ni velas, ni cualquier otro objeto decorativo, sino unas lindas y prácticas tijeras que hasta la fecha están en el cajón que queda al lado de la estufa. Mi padre me dijo "Qué bien, ya tienes el aire para tus llantas". Recuerdo que ante su puntual comentario acepté lo absurdo de mi compra; pero hoy, 7 años después, esa herramienta sigue siendo utilísima en mi hogar. Ahora traigo una fijación con los contenedores de comida (mejor conocidos como tuppers) herméticos. Además de conservar muy bien los alimentos, hacen más fácil acomodar todo en el refrigerador y los hay para cualquier tipo de contenido. Lo malo es que al sacar la comida de su empaque, la fecha de caducidad se queda en el plástico, por lo que me encantaría encontrar etiquetas para escribirla en cada recipiente. Otro utensilio que me encanta son los clips para cerar bolsas, que además son magnéticos y se pueden tener a la mano pegados al refri. O la cuchara parisien que sirve para sacar perlas de fruta . Este último me resulta de lo más práctico y glamoroso: yo lo uso para preparar el melón, en lugar de cortar cubitos y tener que pelearme con su dura cáscara. Podría seguir con mi lista, pero no lo haré para que no me tachen de rara (más de lo que ya deben haber pensado que soy). Que quede hasta aquí mi homenaje a estos preciosos artefactos.
lunes, 10 de agosto de 2009
10 cosas que me ponen de malas
Es lunes, buen día para quejarse. Vaya, no es que se requiera mucho para ponerme de mal humor. Como buena mujer, soy temperamental. Pero hay pequeños detalles, mínimas distracciones de mi parte (o descortesías de los demás) que hacen que me amargue el ratito... y es son cosas que considero que con un poquito de buena disposición se podrían evitar y viviríamos en un mundo mejor. Aquí mi lista.
1) Que se me olviden las bolsas de tela del súper. ¡Ah, cómo me molesta este descuido! Es coperar con la contaminación ambiental de manera innecesaria y además son más difíciles de cargar.
2) Que se me haga tarde cuando según yo salí con tiempo. Cuando me pasa me acuerdo que nunca se sale demasiado temprano y que, para mi carácter, es mejor esperar que llegar retrasada.
3) Que la gente sea desconsiderada en la calle. Es decir, cuando se quedan a la mitad de la calle y no pasan ellos ni te dejan cruzar, o cuando no te dan el paso por avanzar unos cuántos metros. O cuando el del coche de atrás toca el claxon cuando le diste el paso a un peatón, o cuando siendo peatón no te dan el paso, o cuando se estacionan en la puerta de tu garage...¡Qué poca cultura cívica!
4) No saber qué ponerme y perder tiempo decidiéndolo. Como que no es la gran ciencia vestirse para el diario, pero hay días que nomás no me gusta nada y puedo pasar un buen rato tratando de decidirlo. Pérdida de tiempo innecesaria.
5) Dejar para mañana lo que pude hacer hoy y que eso me traiga un problema mayor. O puesto en una sola palabra: la desidia. Y cuando se trata de pagos, puede costar los intereses... o que te corten el agua o la luz.
6) Que no me contesten un mail, un sms o un tweet. Hay gente que todavía no le da la importancia que tienen a esos mensajes, yo siempre digo que hacer esto en esta época equivale a voltearle la cara a alguien cuando te habla.
7) Que me pregunten algo y cuando empiezo a responder ya no me pongan atención. Si no les interesa lo que tienes que decir, ¿para qué preguntan?
8) Que se me eche a perder comida del refri. Es bien difícil calcular cuánto va a consumir una familia, pero es mejor ir dos veces a hacer la compra que tener que tirar a la basura alimento.
9) Desperdiciar el tiempo libre. Creo que siempre hay algo interesante que leer, ver o escribir antes que decir "estoy aburrida".
10) El maltrato al cliente. Se nos olvida que pagamos buen dinero al ir a un restaurante o contratar algún servicio y que debemos exigir que nos atiendan como deben.
¿Soy muy quisquillosa o compartes mis manías?
sábado, 11 de julio de 2009
Confieso que he pecado
Llevaba dos semanas de dieta perfecta, ni un pequeño permisito... me sentía muy bien, tanto que decidí que este fin de semana merecía una pequeña concesión. Y lo hice. Me comí (casi completo) un pastel soufflé de chocolate (muy parecido al de la foto)... ¡Uff, qué cosa más buena! Valió la pena, escogí muy bien con qué pecar (bueno, además de que tengo la teoría de que cuando uno se abstiene de los postres un tiempo, después saben mucho mejor), ¡pero ahora me siento muy culpable! ¿Por qué, por qué, por qué es tan difícil hacer dieta? La línea entre cuidarse y obsesionarse con lo que uno come es muy muy delgada, y por lo tanto resulta complejo mantenerse dentro de los estándares de la normalidad. Yo atribuyo a eso que muchas prefiramos traer un par de kilos demás que estar contando eternamente calorías. Siempre he dicho que estar a régimen es más complicado aún que dejar de fumar (cosa que hice hace más de dos años y sin sufrimiento alguno). Porque fumar no HAY QUE hacerlo. Comer sí. Además hay comida POR TODAS PARTES. Y cuando uno come, pues se le antojan las cosas ricas, no lo light, bajo en calorías, o integral. Aunque he de reconocer que después de un tiempo de comer "bien", uno sí se acostumbra a las opciones saludables. Sin embargo, los antojos son inclementes. Claro, ya sé: el ejercicio es la clave. Cuando uno lo hace, no hay necesidad de cuidar lo que se ingiere. Lamentablemente en este momento de mi vida, fuera de unas caminatas fungiendo como motor de una carriola, no tengo mucha oportunidad de realizarlo. Así que seguiré llevando cuenta de las calorías... y me olvidaré de los pasteles por al menos dos semanas más. Espero que mi pecadillo no tenga repercusiones en la báscula...
viernes, 10 de julio de 2009
Manías
Todos tenemos pequeñas obsesiones, acciones absurdas que repetimos de manera cotidiana y continua. Morderese las uñas, jalarse un mechón de cabello, revisar los cubiertos en la mesa de un restaurante... Pero, ¿qué pasa cuando transportamos esas manías al ámbito casero? Se vuelven una pesadilla, un monstruo que nos aterroriza de manera constante. Detallitos que, de no ser resueltos, no nos dejan tranquilos. Yo tengo dos muy identificadas, y las dos tienen que ver con la cama. Uno: no soporto que esté destendida. Dos: no puedo ver ropa tirada encima de ella. Y no es que yo sea la más ordenada, ni mucho menos, pero de alguna manera me parece que entrar a una recámara y ver la cama hecha y despejada, es cumplir con un requisito mínimo del quehacer hogareño. Estoy consciente de que es una costumbre que me dejó arraigadísima mi madre, la cual no nos dejaba salir de la casa el fin de semana sin antes hacer nuestras camas. Me encantaría que no me molestara, que las sábanas revueltas sobre el colchón combinaran con los juguetes de mi hijo regados en el piso. Simplemente no puedo, en cuanto salgo de bañarme procedo a tender la cama invariablemente. Inclusive puedo dejar la tarja llena de trastes sin lavar, pero salir sin tender la cama, imposible. Supongo que por eso es una manía y que todos tenemos las nuestras. ¿O seré sólo yo?
miércoles, 1 de julio de 2009
Mi ropa de flaca
Si hay algo que me anima a no romper la dieta, es pensar en los jeans "de flaca" que me esperan en el fondo del clóset. No sólo poder lucir ESOS, sino también otros pantalones y blusas sin que se me salga la llantita por aquí y por allá, es mi meta. Yo creo que todas tenemos dividido nuestro ajuar en "ropa de gorda" y "ropa de flaca". Alguna vez estando en mi peso ideal, y harta de jugar al sube y baja con la báscula, regalé todas las prendas grandes jurando nunca volver a subir de peso.
JA.
Resultó muy mala idea, pues por supuesto que volví a engordar y no hay nada más deprimente que ir de compras porque con la ropa que tienes ya no te sientes cómoda. Además adquirir vestimenta que sabemos no corresponde a nuestra talla idónea, se siente como una humillación pero también como un desperdicio de dinero, pues la idea es dejar de usarla pronto (al menos en teoría)... El caso es que yo ya llevo un par de años usando sólo "ropa de gorda". Apenas había logrado bajar varios (ocho) kilos y empezaba a resurtir mi guardarropa cuando me enteré que iba a ser mamá. Entonces llegó a mi vida la estigmatizada ropa de embarazo (que la verdad no es tan mala, yo creo que sólo hay que usar la imaginación). Cuando por fin pasaron los nueve meses y dejé atrás 15 de los 20 kilos que subí, regresé a mis trapos de talla grande y ahora, año y medio después de haber dado a luz, ya me cansé de ellos.
Espero redescubrir muchos atuendos con los que me sentía cómoda, y es que a veces pasa tanto tiempo para volver a usarlos que hasta se nos olvida que estaban ahí. Pero de esos jeans, no me olvido... ¡son mi motivación!
miércoles, 24 de junio de 2009
Ayer no me bañé
No fue porque no quisiera, sino porque se descompuso mi calentador. Y sin agua caliente, simplemente no puedo. Es algo mayor a mis fuerzas. Bueno, lo haría si no me quedara opción, pero ayer no tenía que ir a ningún lado, así que no expuse a nadie a mi sacrilegio.
Cuando vivía sola, varias veces me olvidé de pagar el gas, y antes de ir a la oficina tuve que tomar regaderazos gélidos. De esos que uno tirita hasta 10 minutos después de cerrarle a la llave. Creo que es desde ahí que empezó mi fobia a las duchas con agua helada. Porque no es simplemente que no esté caliente. No. Si no pasa por el "boiler", el agua sale como si fuera de hielo derretido y es una tortura digna de la Inquisición.
El simple hecho de pensarlo hace que me den ganas de llorar. Pero esta vez, gracias a que no tenía que salir de casa, me salvé. Todo empezó el lunes, cuando me metí a bañar. El agua no salió precisamente fría, pero tampoco caliente. A mi marido le tocó ya francamente glacial. (Qué bueno que siempre me baño antes que él, jeje). Como no podía ser falta de gas, pues nuestro calentador es eléctrico, revisamos el mismo y nos dimos cuenta que la clavija se había quemado. Llamamos al conserje, el cual vino a las ONCE DE LA NOCHE y dijo que necesitaba una pieza para repararlo, por lo cual tendría que regresar al día siguiente. Pero como por supuesto nunca tuvo la intención de venir a las 7 de la mañana, mi esposo se tuvo que bañar "a jicarazos" y yo de plano me abstuve, con la esperanza de que podría usar la regadera en cuanto arreglaran el aparato. Sin embargo, el confiable pero trasnochado conserje regresó veinticuatro horas después de su primera visita. Y fue por eso que ayer tuve que prescindir de mi chapuzón diario. Mi hijo no sufrió el desperfecto en absoluto. Como su tinita se llena con poca agua, fue fácil calentarla en la estufa.
Bueno, pues ahí está, la confesión. Creí que me costaría más trabajo, pero al menos ya dejé claro que no fue por elección... A cualquiera le puede pasar, ¿no?
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