Llevaba dos semanas de dieta perfecta, ni un pequeño permisito... me sentía muy bien, tanto que decidí que este fin de semana merecía una pequeña concesión. Y lo hice. Me comí (casi completo) un pastel soufflé de chocolate (muy parecido al de la foto)... ¡Uff, qué cosa más buena! Valió la pena, escogí muy bien con qué pecar (bueno, además de que tengo la teoría de que cuando uno se abstiene de los postres un tiempo, después saben mucho mejor), ¡pero ahora me siento muy culpable! ¿Por qué, por qué, por qué es tan difícil hacer dieta? La línea entre cuidarse y obsesionarse con lo que uno come es muy muy delgada, y por lo tanto resulta complejo mantenerse dentro de los estándares de la normalidad. Yo atribuyo a eso que muchas prefiramos traer un par de kilos demás que estar contando eternamente calorías. Siempre he dicho que estar a régimen es más complicado aún que dejar de fumar (cosa que hice hace más de dos años y sin sufrimiento alguno). Porque fumar no HAY QUE hacerlo. Comer sí. Además hay comida POR TODAS PARTES. Y cuando uno come, pues se le antojan las cosas ricas, no lo light, bajo en calorías, o integral. Aunque he de reconocer que después de un tiempo de comer "bien", uno sí se acostumbra a las opciones saludables. Sin embargo, los antojos son inclementes. Claro, ya sé: el ejercicio es la clave. Cuando uno lo hace, no hay necesidad de cuidar lo que se ingiere. Lamentablemente en este momento de mi vida, fuera de unas caminatas fungiendo como motor de una carriola, no tengo mucha oportunidad de realizarlo. Así que seguiré llevando cuenta de las calorías... y me olvidaré de los pasteles por al menos dos semanas más. Espero que mi pecadillo no tenga repercusiones en la báscula...
sábado, 11 de julio de 2009
Confieso que he pecado
Llevaba dos semanas de dieta perfecta, ni un pequeño permisito... me sentía muy bien, tanto que decidí que este fin de semana merecía una pequeña concesión. Y lo hice. Me comí (casi completo) un pastel soufflé de chocolate (muy parecido al de la foto)... ¡Uff, qué cosa más buena! Valió la pena, escogí muy bien con qué pecar (bueno, además de que tengo la teoría de que cuando uno se abstiene de los postres un tiempo, después saben mucho mejor), ¡pero ahora me siento muy culpable! ¿Por qué, por qué, por qué es tan difícil hacer dieta? La línea entre cuidarse y obsesionarse con lo que uno come es muy muy delgada, y por lo tanto resulta complejo mantenerse dentro de los estándares de la normalidad. Yo atribuyo a eso que muchas prefiramos traer un par de kilos demás que estar contando eternamente calorías. Siempre he dicho que estar a régimen es más complicado aún que dejar de fumar (cosa que hice hace más de dos años y sin sufrimiento alguno). Porque fumar no HAY QUE hacerlo. Comer sí. Además hay comida POR TODAS PARTES. Y cuando uno come, pues se le antojan las cosas ricas, no lo light, bajo en calorías, o integral. Aunque he de reconocer que después de un tiempo de comer "bien", uno sí se acostumbra a las opciones saludables. Sin embargo, los antojos son inclementes. Claro, ya sé: el ejercicio es la clave. Cuando uno lo hace, no hay necesidad de cuidar lo que se ingiere. Lamentablemente en este momento de mi vida, fuera de unas caminatas fungiendo como motor de una carriola, no tengo mucha oportunidad de realizarlo. Así que seguiré llevando cuenta de las calorías... y me olvidaré de los pasteles por al menos dos semanas más. Espero que mi pecadillo no tenga repercusiones en la báscula...
¿Qué me pongo?
Acabo de leer una nota en el periódico que asegura que las mujeres pasamos aproximadamente un año de nuestras vidas decidiendo qué ropa usar. No lo dudo ni un segundo. En mi caso seguramente serían dos. No es que todos los días me atormente tratando de encontrar la combinación perfecta, pero lo que sí tengo detectado es que, si llego a cambiar de opinión aunque sea de solamente una de las prendas que llevo puesta, el caos se hace inminente. Si no me siento a gusto con lo primero que elegí, es muy probable que pase más de media hora buscando, y aún así no logre encontrar ropa que me haga sentir cómoda ese día. Hay mujeres que eligen una noche antes su atuendo del día siguiente, yo no entiendo cómo lo hacen. ¿Cómo saber si hará frío, calor, si amanecerá lloviendo, qué humor tendrán, en qué tonos se les antojará vestirse? Eso sí, cuando nada más resulta, la ropa negra siempre es la respuesta. Sea blusa negra y jeans, o pantalón negro+ cualquier top, o vestirse toda de negro, recurrir al color del luto siempre es una solución aceptable.
Las veces que he intentado hacerme asidua al gimnasio (ja), uno de mis mayores problemas ha sido el tener que decidir ropa llevar en la maleta. Me siento limitada, pues necesito todo mi guardarropa frente a mí para poder decidir qué usaré durante el día. Por eso también cuando viajo llevo demasiada ropa. Prefiero asegurar suficientes combinaciones a tener que usar un atuendo que siento que no me va.
Ahora estoy entre tallas, entonces mi "ropa de gorda" me queda grande y la "de flaca" todavía no me queda bien. Entonces me encuentro en el peor de los escenarios en este tema. Ni modo, seré una fachosa hasta que merezca comprar más ropa...
viernes, 10 de julio de 2009
Manías
Todos tenemos pequeñas obsesiones, acciones absurdas que repetimos de manera cotidiana y continua. Morderese las uñas, jalarse un mechón de cabello, revisar los cubiertos en la mesa de un restaurante... Pero, ¿qué pasa cuando transportamos esas manías al ámbito casero? Se vuelven una pesadilla, un monstruo que nos aterroriza de manera constante. Detallitos que, de no ser resueltos, no nos dejan tranquilos. Yo tengo dos muy identificadas, y las dos tienen que ver con la cama. Uno: no soporto que esté destendida. Dos: no puedo ver ropa tirada encima de ella. Y no es que yo sea la más ordenada, ni mucho menos, pero de alguna manera me parece que entrar a una recámara y ver la cama hecha y despejada, es cumplir con un requisito mínimo del quehacer hogareño. Estoy consciente de que es una costumbre que me dejó arraigadísima mi madre, la cual no nos dejaba salir de la casa el fin de semana sin antes hacer nuestras camas. Me encantaría que no me molestara, que las sábanas revueltas sobre el colchón combinaran con los juguetes de mi hijo regados en el piso. Simplemente no puedo, en cuanto salgo de bañarme procedo a tender la cama invariablemente. Inclusive puedo dejar la tarja llena de trastes sin lavar, pero salir sin tender la cama, imposible. Supongo que por eso es una manía y que todos tenemos las nuestras. ¿O seré sólo yo?
miércoles, 8 de julio de 2009
Dime qué bolsa usas...
Y te diré qué estilo de vida tienes. Elegimos una bolsa por gusto, pero también de acuerdo a nuestras necesidades. Siempre me ha gustado usar grandes bolsos. Me encanta poder llevar ahí todo lo que necesito sin limitaciones de espacio, y lucen muchísimo (y para muestra, vean este de Marc Jacobs). Mi sueño es algún día tener una Birkin, de Hermés (porque al final de cuentas, soñar no cuesta nada). Lamentablemente, en este momento uno de mis accesorios favoritos ha sido sustituido con la pañalera de mi hijo, porque prácticamente a donde voy, él va conmigo. El problema es cuando llego a dejarlo en algún lado: me quedo sin bolsa. Eso me pasa por falta de costumbre y porque andar una carga extra large cuando ya de por si llevo una maletota, es un poco complicado. Traer la cartera en la mano no es buena opción, luego la voy dejando por ahí... Por eso he decidido empezar a usar de estas bolsas cruzadas u over-the-shoulder bags que no estorban y en la que cabe lo más necesario. Un bolso con pulsera o wristlets también es buena opción, pues aunque la suelte no la perdería... Las clutches de plano eliminadas de mis opciones, es prácticamente lo mismo que traer la cartera suelta.
Una tipo backpack también sería solución, pero esas de plano no me gustan, me siento como en flashback a la primaria...
Hombres: ¿ahora entienden por qué necesitamos tantas?
lunes, 6 de julio de 2009
¿Ocupación?
Últimamente, por distintas razones, he tendido que contestar esa pregunta. Desde que resolvía exámenes de química en la secundaria, nunca se me había dificultado tanto responder algo para obtener la reacción indicada. No sé qué es peor, si tratar de explicarlo en persona o cuando lleno una forma. En el momento que menciono que trabajo en casa, la gente asume que no hago nada. O que soy simplemente una ama de casa. ¡Caray! No me sorprende que el término políticamente correcto sea "jefa de hogar", pues está tan devaluado el concepto, que de alguna manera había que darle crédito. Sin embargo, a lo que me refiero no es nada más al trabajo doméstico que realizo en mi casa. Mis ocupaciones profesionales me resultan mucho más complicadas que antes, pues tuve que autodisciplinarme para tener el trabajo listo a tiempo (y he de decir que soy bastante cumplida). Podría inclusive decir que soy más productiva que en la oficina, lugar en el que el café, los compañeros, la hora de comer y las llamadas de teléfono roban mucho tiempo.
Debería existir un término que definiera a las mujeres que están en mi situación. La palabra freelance ni la entiende todo el mundo, ni hace justicia a la realidad. ¿Cómo sería?
Ocupación: mujer multifuncional.
Ocupación: profesionista de amplio espectro.
Ocuapción: comunicóloga con experiencia en varios campos.
No sé, no sé, lo que me queda claro es que habría que hacer algo, ya no quiero seguir titubeando a la hora de ser cuestionada en ese aspecto.
viernes, 3 de julio de 2009
Mientras no sueñe con quesadillas gigantes...

Una vez empecé una dieta con una amiga del trabajo. Habíamos estado sufriendo un poco esa nueva disciplina de cuidar lo que comíamos, pero lo estábamos haciendo bien. Un día llegó mi compañera y me dijo: "Necesito romper el tratamiento, ayer tuve el sueño más terrorífico de mi vida". Yo no entendía a qué se refería. Sabía que comer demasiado antes de dormir provoca una digestión lenta que tiene como resultado tener pesadillas. Pero, ¿tenerlas por no comer? Fue entonces que me contó su sueño. Era una escena que se repetía sin parar, ella mordiendo una quesadilla gigante. Lo curioso es de dónde sacó su subconsciente esa imagen. Como laborábamos en una editorial, había portadas de algunas de las publicaciones impresas en grande, a 2 metros de altura. Y justo frente a nosotras estaba la de una revista de cocina, presentando, por supuesto, unas deliciosas (al menos en apariencia) quesadillas fritas, que por su tamaño y ubicación se metieron fácilmente y de manera subliminal en la cabeza de esta chica como una figuración onírica aterradora.
Yo nunca he tenido un sueño tan gracioso a causa de un régimen alimenticio, aunque sí me pasó una vez que hacía una dieta hiperprotéica que soñé que comía pasteles y galletas, ante la ansiedad por el azúcar.
Esta vez creo que voy muy bien, ya llevo casi una semana siguiendo el plan al pie de la letra y no resiento las limitaciones a la hora de comer. Más bien me he dado cuenta que lo que tengo que reprimir es el impulso de andar "picando" todo lo que se me pone enfrete (y la colación de nueces ayuda).Sigo reportando...
miércoles, 1 de julio de 2009
Mi ropa de flaca
Si hay algo que me anima a no romper la dieta, es pensar en los jeans "de flaca" que me esperan en el fondo del clóset. No sólo poder lucir ESOS, sino también otros pantalones y blusas sin que se me salga la llantita por aquí y por allá, es mi meta. Yo creo que todas tenemos dividido nuestro ajuar en "ropa de gorda" y "ropa de flaca". Alguna vez estando en mi peso ideal, y harta de jugar al sube y baja con la báscula, regalé todas las prendas grandes jurando nunca volver a subir de peso.
JA.
Resultó muy mala idea, pues por supuesto que volví a engordar y no hay nada más deprimente que ir de compras porque con la ropa que tienes ya no te sientes cómoda. Además adquirir vestimenta que sabemos no corresponde a nuestra talla idónea, se siente como una humillación pero también como un desperdicio de dinero, pues la idea es dejar de usarla pronto (al menos en teoría)... El caso es que yo ya llevo un par de años usando sólo "ropa de gorda". Apenas había logrado bajar varios (ocho) kilos y empezaba a resurtir mi guardarropa cuando me enteré que iba a ser mamá. Entonces llegó a mi vida la estigmatizada ropa de embarazo (que la verdad no es tan mala, yo creo que sólo hay que usar la imaginación). Cuando por fin pasaron los nueve meses y dejé atrás 15 de los 20 kilos que subí, regresé a mis trapos de talla grande y ahora, año y medio después de haber dado a luz, ya me cansé de ellos.
Espero redescubrir muchos atuendos con los que me sentía cómoda, y es que a veces pasa tanto tiempo para volver a usarlos que hasta se nos olvida que estaban ahí. Pero de esos jeans, no me olvido... ¡son mi motivación!
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