miércoles, 21 de abril de 2010
Las cuatro horas más cortas de la historia
Otra vez, me queda sólo media hora para tener que ir a recoger a mi niño. Qué ilusa fui cuando entró a la escuelita e hice tantos planes, pensando que tenía cuatro, CUATRO preciosas horas para hacer "lo que yo quisiera". Me inscribiría al Instituto Italiano para recursar los niveles que fueran necesarios y certificarme en el idioma, haría yoga, meditaría en el jardín, iría a que me hicieran manicure y pedicure, me vería para desayunar con mis amigas, quizás de vez en cuando me daría tiempo de tomar una siesta.
Ja-ja.
Siempre que me doy cuenta que, una vez más, ya "se me acabó el veinte", reviso en qué se me fueron los minutos. Días como ayer, en los que recorro la ciudad tres veces, visito dos oficinas, voy al banco, etc. ni siquiera tengo que hacer memoria, más bien me impresiona que de pronto me sobre un momento para tomarme un café por ahí. Son las mañanas como la de hoy las que se me escurren como agua entre las manos. Entre las vueltas, las llamadas, las entregas, ir al súper, al mercado, cocinar, sacar los pendientes, revisar correos, contestar los mismos, que suena el timbre, que toca la vecina, etc., etc., etc., "mi tiempo" no alcanza prácticamente para nada. De hecho empiezo a preguntarme cómo podría hacer todo esto si trabajara de tiempo completo y lejos de mi casa. En fin, me voy. De los doscientos cuarenta minutos ya sólo me quedan veinte, y me toma al menos quince llegar a mi destino. No puedo esperar a ver en qué se me esfuman las 4 horas que me tocan mañana...
lunes, 19 de abril de 2010
Nos vamos de pinta
O como dicen en España "haremos pellas". En inglés se dice "to skip school" y en francés "faire l'école buissonnière". Cada cultura tiene una manera de nombrarlo porque resulta que todos se nos ha ocurrido en una o en otra ocasión. Son las 9 am de un lunes, mi niño duerme plácidamente, y mientras él debería estar en su escuelita y yo en el coche de regreso en camino al mercado o simil, estoy disfrutando un chai latte light casero frente a mi computadora. Me siento obligada a aclarar que esto no es algo que esté acostumbrada a hacer (ni ahora ni de niña), y que no fue una decisión tomada en mi beneficio. Eso no significa que no lo esté disfrutando. Dormí unos minutos más (quizás cerca de una hora) de lo acostumbrado, me ahorré 4 viajes al kinder y tendré la divertidísima compañía de mi pequeño koala durante todo el día. Sin embargo, los motivos anteriores no fueron los que me hicieron decidir que hoy romperíamos la rutina. Si me rigiera por este tipo de impulsos, nunca lo llevería a la escuela. Lo que sucedió es que el pequeño torbellino ayer se acostó muy tarde por culpa de sus padres que lo llevaron de rumba y no me pareció justo desmañanarlo, apresurarlo, sacarlo al frío de la mañanita para por último amarrarlo en una silla durante 15 minutos, nada más para que su madre sintiera que estaba haciendo "lo que tenía que hacer".
Aquí es donde aprovecho para contar mi trauma infantil. A mí jamás me dejaron quedarme en casa sin motivo justo. No sé si mi madre pecaba de responsable o prefería mandarnos a la escuela sin falta porque permitirle eso a uno de nosotros significaba tener que hacer la misma concesión con los demás en edad escolar ,y eso resultaba en un día con 5 niños revoloteando por ahí. Supongo que esa fue la razón de que mis primeras "pintas" (aunque siempre avisando, qué ñoña soy) fueran ya de adolescente. Pero yo, que sólo tengo uno, que apenas va en maternal, que está tratando de recuperar el sueño que perdió ayer por culpa de sus "irresponsables padres que no le ponen límites", creo que le puedo dar permiso de volarse las clases, o de que, sólo por hoy, "haga la rabona" (Argentina).
No iremos a Chapultepec, tampoco al cine. Si tenemos suerte quizás entre la lista de resposabilidades que esta madre no puede eludir acaso encontremos un ratito para salir al jardín, pero eso sí, saborearemos juntos nuestra travesura. Las actividades de hoy serán inevitablemente divertidas sólo por el hecho de saber que es un lunes de clases para todo el mundo, pero no para nosotros.
miércoles, 14 de abril de 2010
Más bonita que ninguna
No es ningún secreto que el interiorismo y el diseño me apasionan, y que en mis limitadas posibilidades he elegido objetos que me encanta usar y admirar. Lo increíble es que la gente que ha visitado la casa ha elogiado un elemento en particular, y no se trata de un mueble, ni de un accesorio, sino de un electrodoméstico. Así como lo leen, mi batidora ha por demás alabada por encima de cualquier otro componente de este hogar.
No digo que no lo entienda. A los que nos gusta la cocina (expertos o amateurs como yo), sabemos que vale la pena invertir en un buen aparato que tenga múltiples funciones, dure muchos años y, de paso, adorne la cocina. Lo que me parece notable es que un artilugio como éste se haya convertido en el objeto de deseo de las señoras de hoy en día (aunque debo acotar que no fueron exclusivamente mujeres quienes ensalzaron dicho aparato) por encima de muchas otras cosas. ¿No se suponía que a las mujeres nunca se les debía regalar cosas para trabajar en el hogar? Pues yo creo que hoy hablo por la mayoría de nosotras cuando digo que, si se trata de instrumentos de este tipo, nos puede gustar mucho más que una bolsa o un par de botas. ¿O no?
martes, 13 de abril de 2010
Primer martes 13 del año
Si eres supersticiosa, esto te va a interesar. Este primer martes 13 del 2010 es la ocasión perfecta para revisitar este post.
lunes, 12 de abril de 2010
Cómo ser la anfitriona perfecta
¿Qué sigue después de una mudanza? Adivinaron, la "presentación" de la casa. Invitar a los amigos para que conozcan en dónde vivimos ahora, y claro está, también es una excelente oportunidad de empezar los buenos recuerdos en la nueva vivienda. Qué más quisiera uno que "tirar la casa por la ventana", invitar a todo el mundo, etc.
Sin embargo, no es así de fácil. El título de este post no significa que yo vaya a dar lecciones de cómo recibir y hacer sentir bienvenidos a los invitados, sino al título del libro que me gustaría encontrar y leer.
Siempre he pensado que El Manual de Carreño necesita que alguien le haga una versión actualizada. Aunque es cierto que hay conductas básicas de comportamiento social, quedan otras que son como una raya pintada en el agua. Para cuestiones como saber cómo poner la mesa, qué cristalería se utiliza en cada ocasión, etc. siempre hay a dónde recurrir. ¿Pero cómo decidir a quién invitar primero, por ejemplo? Los integrantes de ambas familias inevitablemente serán los que tengan la exclusiva, habrá quien por casualidad llegue antes que los demás, pero después vienen los reclamos. "¡¿Y a mí por qué no me has invitado?!"
Llevamos dos meses aquí, pero tuve como 6 semanas de obra. Apenas el fin de semana pasado le hice una fiesta de cumpleaños a mi marido con SUS amigos. Entonces empecé a recibir reclamos de mis amigas por no haber sido invitadas. Además durante toda la reunión estuve preocupada por infinidad de detalles. Entonces de verdad me gustaría tener un manual de la Anfitriona Perfecta, para seguir reglas al pie de la letra y quitarme de culpas. Se aceptan sugerencias.
miércoles, 7 de abril de 2010
Cuidado con la seño
Siempre me ha parecido comiquísimo que retraten a las señoras enojadas con un rodillo en la mano. Resultaría más natural que un ama de casa utilizara como arma de intimidación un cucharón o de plano un cuchillo (esos instrumentos se usan con más frecuencia en la cocina), pero por alguna razón se eligió esa herramienta alargada de madera para infundir temor entre los que osen hacer enojar a una desperate housewife.
Bueno, pues hoy quisiera que en alguno de mis cajones hubiera uno de esos bártulos. No que le fuera a dar uso golpeando la cabeza de alguien, tampoco pretendo extender ningún tipo de masa. Vaya, ni siquiera amenazaría a nadie. Solamente sería un experimento para ver qué tanto me hago respetar portando semejante utensilio como accesorio. Y es que si existe un halo de frustración en torno del concepto de ama de casa, es porque son demasiados los pendientes y cosas por resolver dependiendo de gente informal (léase repartidores, electricistas, plomeros y un largo etcétera de prestadores de servicios domésticos).
A nuestra generación súmenle además el tratar de resolver todo eso de manera "profesional". Acostumbradas a ser ordenadas y competentes en nuestras carreras, queremos llegar a aplicar los mismos criterios y procedimientos en la vida hogareña, y ahora me doy cuenta que es algo bastante ingenuo de nuestra parte. Me parece que lo único que nos resta es prevenir por triplicado y tener mucha paciencia. Y por si acaso, de todos modos voy a ir a comprar un rodillo...
lunes, 5 de abril de 2010
Mi primera vez o Me siento como recién casada
Estoy a punto de cumplir 4 años de vivir en pareja. Tengo un niño de 2 años. No obstante lo anterior, y a pesar de llevar ya 14 meses trabajando desde casa y cuidando a mi hijo 24/7, muchos asuntos domésticos todavía son nuevos y misteriosos para mí.
Creo que esto otra vez tiene mucho que ver con habernos mudado a una casa. Mis usos y costumbres se han distanciado radicalmente de aquellos del año pasado (y no se diga de los anteriores). Llegué a pensar que el 2009 me lo había tomado de manera inconsciente como un impasse voluntario con el pretexto de la mudanza que resultó tardarse más de lo que esperábamos.
Ahora me doy cuenta que no fue mi elección, sino que estaba limitada en muchos aspectos, como que la "estufa" constaba sólo de dos hornillas, y éstas eran eléctricas. No tenía horno de gas, ni tanto espacio para guardar utensilios, entre muchos factores...
Mi nueva cocina me ha abierto un nuevo abanico de posibilidades en cuanto a la preparación de alimentos, y esto me ha llevado a usar artefactos (a los cuales ya dedicaré otro post) nuevos y a buscar más opciones para comprar víveres.
Así es como fui al mercado de Coyoacán "por primera vez". Evidentemente había ido ya en muchas ocasiones en mi vida, acompañando a mi madre o a comprar alguna cháchara, pero nunca a comprar víveres para MI casa.
Me soprendió la habilidad que tienen los vendedores para hacer cuentas, lo moderno de sus básculas, y su naturalidad para halagar constantemente a las marchantas.
Disfruté muchísimo la delicia de tener tantas opciones a la mano, y al mismo tiempo me di cuenta que me falta mucho por aprender. Hasta para comprar en el mercado hay que saber cómo pedir las cosas. Eso es algo que no se estila en el súper. Ahora sé que un kilo de mangos son apenas tres, que frijol hay de varios tipos y que el arroz puede ser "chico" o "grande".
Supongo que cada visita será una nueva sorpresa, hasta que se vuelva algo cotidiano y quizás hasta fastidioso, pero nunca olvidaré mi primera vez...
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